¿Vos te creés que yo tenía la menor sospecha de que iba a reanudar estas audiciones? ¡No! Si te lo dije todo. Treinta y siete noches te hablé, treinta y siete noches en que te lo dije todo y vos no entendiste nada. Mejor dicho, no es que no me entendiste. No quisiste entender, que eso es peor. Pero te hablé treinta y siete noches y creo que ésa fue la embarrada. Yo debía haberte hablado treinta y siete días, siempre de día. La almohada, es un elemento muy valioso en la vida de la gente, pero la almohada sola, entendés, sin la noche. La almohada y la noche juntas son un peligro tremendo para la gente que como vos acuña desesperanzada la idea de una rehabilitación que no puede llegarle, que no debe llegarle porque sería la desgracia de todos. ¿Entendés? Porque la noche es terrible. Porque a muchos como vos les da una idea deforme de la realidad y porque el insomnio tiene la virtud de transformar en razonables las cosas más injustas. Lo tuyo, por ejemplo. ¡Que querés volver! Lo tuyo, que es monstruoso porque es historia y está escrito en la memoria, en los papeles, en las cárceles, en los muertos y en los vivos que están muertos. Sos el pasado, el pasado más cruel que haya vivido nación alguna. Porque ningún país nació a la vida con tantas posibilidades para ser dichoso como este tuyo y ninguno padeció tanta injusticia y tanta barbaridad como este tuyo y por tu culpa. Sos el pasado que quiere volver por amor propio, sólo por amor propio. Idea mezquina la tuya en esta hora de las grandes decisiones, tan mezquina la idea que de tanto andarte a pie por la cabeza ella misma se te ha detenido avergonzada en las sienes y te late como si tuvieras un kilo en cada una. ¿Y sabés por qué? Porque tu idea y yo sabemos que no debés volver. Y vos también, en el fondo de tu alma, aunque lo escondas, sabés también que no debés volver. Por decoro. Por recuerdo. Por historia. Sos la imagen del retroceso, de la injusticia, del hambre, del entreguismo. Y el pueblo lo sabe, como lo sabés vos. El pueblo lo sabe, porque lo padeció, que venís de viejos partidos que nunca hicieron nada en beneficio del pueblo que es la patria y que si alguno de los tuyos, alguna vez, intentó portarse bien, se cansó en seguida. Fue solamente algún abuelo que se murió hace mucho. El pueblo sabe que vos sos nieto, que todos ustedes son nietos, que ninguno de ustedes hizo nada más que ser nieto, nieto de la plata, nieto de las ideas. Que desde la muerte de ellos, hasta la llegada de este gobierno, hubo un vacío de dignidad y esfuerzo que vos pudiste llenar y como un criminal no cumpliste ninguna de las veces que se te dio el gobierno. Porque vos no sos una esperanza, ni una incógnita. ¡Vos gobernaste! ¡No una vez, sino varias veces… y mal! ¡Gobernaste mal! Infamemente. Y el pueblo sabe eso, como sabe todo. Reconocé entonces que es mal negocio para un pueblo tu vuelta al poder si para respetarte un poco ese pueblo tiene que pensar en tu abuelo. Mal negocio para un pueblo como éste que está frente a un gobierno de asombro que le ha dado lo que ni Diosni la madre le dieron en mil años. De un gobierno que ha puesto en marcha a la patria hacia un destino que nadie, nada más que él solo, puede conducir por una razón sencilla: porque este gobierno, en vez de seguir lo clásico que era tan cómodo, se metió en el tembladeral de las revisiones alcanzando a cada uno la proporción de dicha que le corresponde, revolución gloriosa que se alcanzó con el esfuerzo de unos cuantos para felicidad de todos, tan afortunada como revolución que vos, para darle alguna posibilidad a tu propaganda, tenés que ofrecer en tus discursos migajas de esa doctrina triunfante. No creas que no te oí; bien claro que lo dijiste en una proclamación: «Y podemos asegurar a los obreros que si llegamos al poder las conquistas obtenidas no se perderán». ¿Obtenidas por quién? Por este gobierno. ¿Y si las obtuvo este gobierno, por qué te van a votar a vos? Has perdido hasta la sensación del ridículo. Mirá: este gobierno es tan perfecto que, por lograrlo todo, hasta nació de un carozo: no arrastra taras, no arrastra pasado, sólo tiene un presente indiscutible y un porvenir que da envidia. Sí, Mordisquito. Vos sabés que no debés volver. Como sabés también que en el cuarto oscuro tus candidatos y vos lo van a votar a este gobierno. Sí, calláte. Yo sé lo que te digo. Si esto no fuera tan serio, si se pudiera hacer la broma, me gustaría que los peronistas todos te votáramos para verte disparar al extranjero horrorizado del triunfo, espantado de no saber qué hacer con un país cuyo destino no entendiste nunca y cuyo bienestar te repugna. Hasta mañana, Mordisquito. Vengo por pocos días porque me has hecho volver, pero es la hora de las definiciones y yo tengo la obligación de decirte por qué no te prefiero ni yo, ni este pueblo. Tengo cincuenta años y una memoria de fierro. Y en esas condiciones, ¡no me la vas a contar, Mordisquito!
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jueves, 14 de julio de 2011
miércoles, 13 de julio de 2011
Discepolín!
Un malestar, una enfermedad resultan de pronto un balance de cariño, un inventario de ternura cuya medida uno creía capaz de sospechar y que, de pronto, lo sorprende desbordando, colmando la aspiración más vanidosa. A tal punto que sin la oportunidad de este micrófono me hubiera sido imposible expresar mi conmovida gratitud a uno por uno de todos los que se han interesado por mí. Lo peor de la enfermedad no es la enfermedad misma. ¡Qué esperanza! Es tener que explicarla. Contársela minuciosamente a uno por uno, a todos los que tienen la cordialidad de venir a visitarte. Vienen las tías que uno no vio desde la enfermedad pasada, y hay que contarles. Si es un resfrío o una gripe, la pregunta de práctica es, inevitablemente: «¿Cómo te la agarraste?» Yo no me la agarré. Es la gripe la que me agarró a mí. Vienen los amigos que ayer estuvieron al lado y te reprochan: «¿Pero cómo fue? Si ayer estabas lo más bien». Sí, ayer sí, pero hoy no. Hoy estoy lo más mal. ¿Acaso no puede ser? ¡Comprenderán que no ha sido por gusto! ¿Cómo me va a gustar a mí, que tengo apenas para defenderme dos docenas de glóbulos rojos, perder la mitad? No. Pero me ofrecieron la posibilidad de discutir desde este micrófono, y yo soy capaz de discutir hasta con un glóbulo solo, porque para tener razones no hace falta más que un glóbulo en las venas, pero lleno de convicciones. ¡Porque a mí no me la van a contar! ¿A mí, que tengo cincuenta años de estatura, cincuenta años de los cuales los primeros cuarenta y cinco me los he pasado acumulando, soportando promesas que nunca se cumplieron? ¿Pero me la quieren discutir? ¡Y bueno! Yo comprendo que físicamente no puedo pelearme con nadie porque no soy ningún suicida, ¡pero discutir!… ¡Claro que vamos a discutir! No es que ser porteño signifique, obligatoriamente, ser descreído o ser escéptico. ¡No! Pero nos tuvieron tan acostumbrados, durante tanto tiempo, a prometernos la chancha, los veinte, el rango, el organito y la pata de goma sin darnos siquiera la mitad de los veinte que, lógicamente, ya no creíamos más nada, y frente a cualquier plataforma contestábamos: «¡Bah, promesas!» ¡Pero eso de seguir negando las cosas por inercia o como postura, no! Sobre todo que lo que ellos nos prometieron ayer sin dárnoslo, se cumple hoy: llega un Gobierno que toma las promesas en serio y las realiza. Pero, mientras se construye, vos seguís negando y amenazando con: «el año que viene me la vas a decir». ¿Y qué te tengo que decir? ¿Que el año que viene vas a estar mejor?… ¿y el otro?… ¿y el que sigue? ¿Que hay conquistas que ya son de hierro y no se pueden perder, que no se van a perder? ¿Eso querés que te diga? Y bueno: vos querés discutir. Yo también. Te espero mañana, porque yo estuve enfermo estos días. Pero eso de que vos vivías antes mejor con 120 pesos que ahora con 1.500, no, no… ¡Ésa, a mí no me la vas a contar! ¡No!
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