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sábado, 18 de junio de 2011

Hasta el fondo...

Xpeokpatía

Por Alfredo Zaiat

El presupuesto del documental fue de unos 8000 euros y se puede ver en Internet. Más de un millón de espectadores ya lo han visto en las diferentes versiones subtituladas desde su estreno hace poco más de dos meses. Se trata de un film sobre la crisis financiera global, la que golpea con ferocidad a Grecia, el desmoronamiento de sus finanzas públicas, el préstamo de 110.000 millones de dólares de Europa y el Fondo Monetario Internacional y los salvajes recortes del gasto público. “Debtocracy (en griego, Xpeokpatia)” es un documental realizado por los periodistas griegos Katerina Kitidi y Ari Hatzistefanou, distribuido en Internet libremente por sus autores. Estos manifiestan la intención de buscar las causas de la crisis y de la deuda en Grecia que los medios de comunicación dominantes ocultan (www.you tube.com/watch?v=KX82sXKwaMg). Presentan la idea de que todo el sistema del euro estaba condenado al fracaso desde un principio, con los banqueros de Frankfurt y París ofreciendo créditos acumulando fabulosas ganancias, al tiempo que esas potencias europeas contabilizaban elevados superávit de capital mientras que los países europeos del sur equilibraban sus cuentas con esos préstamos baratos, subidos a una bonanza de consumo. El domingo pasado se publicó en el suplemento económico Cash un reportaje a Costas Lapavitsas, profesor en el School of Oriental and African Studies de Londres, uno de los economistas que actúa como guía argumental del documental. Lapavitsas destaca que en ese esquema desigual que favoreció a Alemania, Grecia fue el país más vulnerable. En el documental se escuchan testimonios de políticos y representantes de las finanzas que revelan que Grecia está dispuesta a declarar el default a sus ciudadanos (transporte, sanidad, educación, sueldos, jubilaciones) antes que suspender los pagos a los acreedores. El film no tiene el estilo de Inside Job. No es un alegato moral sobre buenos o malos en el mundo global de las finanzas, sino que va directamente contra las bases de la crisis.

David Harvey, geógrafo y teórico social británico, profesor en la City University of New York, también fue entrevistado en el Cash en la edición del 16 de enero de este año, explica en Deudocracia que no existe “un capitalismo sin crisis” y que la actual no se puede entender sin considerar la de los setenta. Esta se manifestó con el agotamiento de la denominada edad de oro del capitalismo, que ante la caída de las utilidades de las empresas se orientó a debilitar el poder de los trabajadores, que entonces eran muy fuertes en Europa y Estados Unidos. “La vía de salida de esa crisis fue una gran presión sobre los salarios”, apunta Harvey, puesto que los trabajadores estaban organizados, tenían un gran poder político que se reflejaba en los gobiernos y en las elecciones. “Eso era un gran problema para el capital y así fue que tuvo que empezar a disciplinar a los trabajadores”, señala. Una de las formas fue la apertura de los mercados nacionales a la competencia global, irrumpiendo los países asiáticos con China a la cabeza produciendo bienes con un costo más bajo de la mano de obra. De esa manera aumentó el desempleo y disminuyó el ingreso de los trabajadores de los países centrales. Comenzó un período de fuerte redistribución regresiva del ingreso con la pérdida de poder adquisitivo. Como el sistema de producción requería mantener el nivel de consumo, Harvey destaca que en ese momento emerge con fuerza el sistema financiero para ofrecer el crédito “para cubrir el bache entre los ingresos reales disminuidos y el poder adquisitivo” necesario para poder continuar con la compra de bienes en una sociedad del hiperconsumo. Ese apogeo vía créditos en sociedades con empeoramiento de la distribución del ingreso hizo eclosión. Estos factores forman parte de la base material para comprender la actual crisis en las potencias y las dificultades que enfrentan para poder salir de ella si la pretendida salida es salvar a los acreedores (bancos) ahogando aún más a los deudores-consumidores (trabajadores).

En un didáctico documento los periodistas norteamericanos Dave Gilson y Carolyn Perot exponen en “Es la desigualdad, estúpido” cómo la distribución regresiva del ingreso a partir del dominio de las políticas neoliberales explican la actual crisis en Estados Unidos. Con fuentes oficiales, de organismos internacionales y de estudios académicos, definieron diez imágenes contundentes sobre el retroceso social y de concentración de riqueza en la potencia mundial. Una de ellas expresa que “una enorme porción del crecimiento económico de los últimos 30 años (de Estados Unidos) ha ido a parar a la centésima parte situada en la cúspide de la pirámide del uno por ciento de los más ricos, que ahora disponen, en promedio, de 27 millones de dólares por familia. Por el contrario, el ingreso promedio del 90 por ciento situado en la base es de 31.244 dólares”. Precisan que el 10 por ciento más rico controla 2/3 de las riquezas equivalentes al Producto estadounidense, distribución realizada con base en 2007 que no refleja el impacto del desplome del mercado inmobiliario. Según Gilson y Perot, en ese año el 6 por ciento de los norteamericanos que se hallaban en la base de la pirámide económica tenían el 65 por ciento de su patrimonio atado a su vivienda, mientras que el uno por ciento de la cúpula, por el contrario, sólo el 10 por ciento. “No caben dudas de que la crisis inmobiliaria ha contribuido a aumentar la porción del patrimonio total detentado por los archirricos”, sentencian.

La política impositiva no ha sido ajena a la conformación de una estructura económica desigual dominada por rentistas y acreedores (tenedores de bonos de deuda y bancos), que erosionó la base fiscal y gatilló una deuda monumental, hoy en riesgo de default según lo admitió el titular de la Reserva Federal (banca central estadounidense), Ben Bernanke. El politólogo estadounidense Travis Waldron en su webside ThinkProgress señala que “los primeros 400 contribuyentes, que poseen más riqueza que la mitad de todos los norteamericanos juntos, están pagando impuestos más bajos de los que han pagado en una generación, puesto que sus responsabilidades tributarias han ido declinando poco a poco desde los tiempos del New Deal. Entretanto a las familias trabajadoras se les ha exigido cada vez más impuestos”. Las cifras que ofrecen Gilson y Perot son elocuentes: la tasa efectiva de impuestos para la cabeza de familia con ingresos equivalentes a un millón de dólares (de 2010) anuales no provenientes de inversiones financieras se ubica ahora en el 32,4 por ciento, cuando era de 66,4 por ciento en 1945, bajando a 47,7 por ciento en 1982 con los recortes de impuestos de Ronald Reagan.

Bernanke advirtió que si el Congreso bajo control republicano no aprueba subir el techo de la deuda de Estados Unidos de 14,3 billones de dólares podría perder su calificación crediticia “AAA” y dañarse la cualidad del dólar como moneda de reserva. Bernanke dramatizó que “incluso una corta suspensión de pagos de capital o intereses en las obligaciones de deuda del Tesoro podría causar severos trastornos en los mercados financieros y en el sistema de pagos”. Los sectores conservadores expresados por los republicanos exigen al gobierno de Barack Obama medidas para bajar el gasto en lugar de subir impuestos para habilitar la ampliación de esa monumental debtocracy. El plazo para alcanzar un acuerdo y evitar el default es el 2 de agosto.

domingo, 7 de marzo de 2010

Columna Estival IV: América latina o el origen...

"De aquí su frase: “La religión es el opio de los pueblos”. De aquí que escriba un texto tan impecable como transparente: “La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de su verdadera felicidad (...). Porque al perder la felicidad ilusoria el hombre siente la exigencia de una felicidad verdadera, y entonces lucha, para adquirirla, contra los obstáculos que se le oponen” (Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel). Del feudalismo no podía surgir nada. Los feudos no se comunicaban entre ellos. No comerciaban entre ellos. Eran autosuficientes. El espíritu de la burguesía, por el contrario, es el comercio, porque su fruto más perfecto es la mercancía –con cuyo estudio Marx da inicio a El Capital–, y las mercancías deben intercambiarse. Para hacerlo, el mundo tiene que abrirse. Ir más allá de las tierras del Señor feudal".



América latina o el origen

Por José Pablo Feinmann


En el continente que habitamos empezó todo. Sin él, no digamos que no habría nada, pero seamos prudentes: no podemos decir qué habría. Lo que hubo, lo que hay y lo que, presumiblemente, seguirá existiendo durante todavía una relevante temporalidad (quebrada, no continua, contingente, no teleológica, acaso apocalíptica, pero aún capaz de teñir con sus matices infinitos la historia de los hombres) es el despliegue de eso que la burguesía inició con el llamado descubrimiento de América. Que lo fue, para ellos. Europa descubre América para que América deje de ser lo que era y empiece a ser lo que Europa necesita que sea: un botín infinito. La burguesía es una clase esencialmente expansiva. Arquitectónicamente lo que la define es la ciudad. No el campo. El campo es lo feudal. La burguesía viene a destruir al feudalismo y una de sus más grandes construcciones-símbolo para hacerlo es la ciudad. ¿Qué expresa en su música nerviosa y lírica, pero pujante, arrolladora el más grande músico del imperialismo norteamericano? La ciudad. Gershwin le cantó a New York porque le cantaba a la vitalidad del capitalismo. Luego de la Rhapsody in Blue –en cuyo inicio hay diecisiete notas, terribles de tocar, en las que un clarinete parte en busca de la altura de los rascacielos– compone un Concierto para piano. Quiere llamarlo New York Concerto. Walter Damrosh, director de la New York Symphony Orchestra, le pide un título más académico. En 1932, compone otra rapsodia. Insiste en llamarla Manhattan Rhapsody. Tampoco impone su criterio. Finalmente se la titula Second Rhapsody for Orchestra with Piano, bien académico. Aquí, en la Argentina, tuvimos a Piazzolla. También lo tuvo claro: el tango de la modernidad debía ser el tango de la locura ciudadana, de su nervio, su vértigo. En tanto Ginastera y todos los demás “serios” insistían con las reminiscencias folklóricas, Astor compuso, por ejemplo, esa pequeña obra maestra de la neurosis ciudadana que es la Muerte del Angel. (Es cierto, nobleza obliga, que el malambo ginasteriano de las Tres Danzas Argentinas tiene tanto Strawinsky y tanto Bartok que da por resultado un malambo taconeado en Talcahuano y Corrientes a las 7 de la tarde.) ¿Por qué la ciudad? Simple: el pasaje del feudo al burgo es el pasaje del campo a la ciudad, el pasaje del feudalismo al capitalismo. El feudo vive encerrado en sí, vuelto hacia sí, hacia su interioridad. La totalidad del feudo es propiedad de Uno: el Señor feudal, el Señor del feudo. El que tiene en sí el poder de cederle a otros tierras de su feudo. Quienes las reciben son los siervos. El siervo es el esclavo del señor. La figura más perfecta del siervo es el siervo de la gleba. Este siervo está unido a la tierra, es parte de ella. Tanto, que si el Señor (escribimos Señor con mayúscula para trasmitir, desde el lenguaje, la visión que el siervo tiene de él: algo mayúsculo, grande, incuestionable; por eso siervo va con minúscula, porque es así como lo ve el Señor: infinitamente minúsculo, así como, también, constituido desde la mirada del Amo, se siente el siervo) cede su tierra a otro, en esa cesión está comprendido el siervo, que, de este modo, pasa a tener un nuevo Señor. El siervo –al recibir la gracia de la tierra que el Señor le concede– se obliga a entregarle su vasallaje durante toda su vida; él y sus descendientes. El Señor feudal, cuando el siervo contrae matrimonio, tiene el llamado Derecho de pernada. Según algunos significa que el Señor debe apoyar una de sus piernas sobre el lecho del matrimonio para que puedan realizarlo. Según otros el Derecho de pernada era más humillante, marcaba el poder del Señor feudal como pocos. Si la joven que contraía matrimonio era del agrado del Señor feudal, debía pasar con él su primera noche (Mozart, por ejemplo, en basándose en la obra de Beaumarchais, lo transforma en uno de los temas centrales de su ópera Le Nozze di Figaro, de 1786). Todo esto era santificado por la Iglesia, que convencía a los esclavos de que su paso por la tierra no tenía por qué ser agradable (el valle de lágrimas), que Dios había depositado en el Señor feudal el poder que éste detentaba, que someterse a ese poder era obedecer la voluntad divina y que los sufrimientos de esta vida serían recompensados en otra. Esa otra vida era el Reino de Dios. O el Reino de los Cielos. De aquí que un muy joven Marx, influido aún por Feuerbach (La esencia del cristianismo), se torne pasionalmente crítico contra todo ese orden de humillaciones. De aquí su frase: “La religión es el opio de los pueblos”. De aquí que escriba un texto tan impecable como transparente: “La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de su verdadera felicidad (...). Porque al perder la felicidad ilusoria el hombre siente la exigencia de una felicidad verdadera, y entonces lucha, para adquirirla, contra los obstáculos que se le oponen” (Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel). Del feudalismo no podía surgir nada. Los feudos no se comunicaban entre ellos. No comerciaban entre ellos. Eran autosuficientes. El espíritu de la burguesía, por el contrario, es el comercio, porque su fruto más perfecto es la mercancía –con cuyo estudio Marx da inicio a El Capital–, y las mercancías deben intercambiarse. Para hacerlo, el mundo tiene que abrirse. Ir más allá de las tierras del Señor feudal.

La palabra burgo ha terminado por lograr su sentido más estricto. Algunos todavía la aplican al castillo del Señor feudal y la exigua vida que en torno a él se desarrollaba. No, el burgo ya es o ya casi es la ciudad. Los burgos se abren a los otros burgos. Hay vida entre los burgos. El burgo no se cierra, no se torna sobre sí, no se aísla, no se autoabastece. El burgo comercia con los otros burgos. Paulatinamente dejará de tener esclavos y tendrá hombres libres que trabajan para otros por un salario. Célebremente, muchos verán en esto la nueva forma de la esclavitud. La esclavitud de los burgos. Que pasará a ser la esclavitud de la burguesía. Y, por fin, la esclavitud de la era de la burguesía capitalista.

Ahora bien, esta condición de apertura que define al burgo, esta necesidad interna de su condición de entrar en contacto con otros burgos para negociar sus mercancías lo lleva a una lógica de la expansión. Ya el burgo es expansionista, espíritu que definirá a la burguesía. Ahí, en ese germen, ya lo encontramos, ya encontramos ese espíritu de ir más allá de sí. De no ser en sí, sino ser en tanto búsqueda de mercados nuevos. O sea, ser para otros. Necesitar de los otros para seguir siendo lo que es. Un burgo que no comercia, muere. O se retrotrae a la lógica del feudo, que es lo mismo. El burgo se expande o para comerciar (buscar mercados donde ubicar su producción) o para apoderarse de materias primas (que le permitirán llevar a cabo esa producción).

La palabra se ha puesto de moda hará unos veinte años, pero siempre estuvo presente en el espíritu de la burguesía. Al ser la esencia del burgo la de ir más allá de sí, la burguesía se define, desde su inicio, como una empresa de globalización, de expansión, de búsqueda de mercados para introducir sus mercancías o para apropiarse de materias primas a bajo precio o a ninguno. Al ser el errático viaje hacia las Indias la gran epopeya de la expansión de la burguesía, se transforma en el punto en que se unen, en que se ligan poderosamente, todas sus características iniciales. La burguesía se abre al mundo, necesita un “mundo”, un sistema-mundo. El capitalismo –en un mismo surgimiento– descubre América y se descubre a sí mismo. Su espíritu es ése: el de la globalización, el de la conquista de mercados, el de las conquista de esos mercados para abastecer sus medios de producción, lo que éstos le reclamen. Donde esté lo que se requiera para que la producción no se detenga y avance en la historia, ahí estará. Donde esté la riqueza que necesita para aumentar su poder y dominar a los hombres y a la naturaleza, ahí estará. Europa –encarnada en la figura transitoria de Colón y la España monárquica– invade América por motivos no sólo similares sino esenciales al modo de producción que uno inicia y el otro (Estados Unidos, hoy, en Irak) mantiene vivo. Ha pasado mucho tiempo entre una y otra empresa. Han cambiado muchas cosas. Pero no eso que hemos llamado lo esencial, que por darle una definición clásica y rápida es lo que hace que una cosa sea lo que es: el capitalismo es expansionista, este expansionismo tendrá distintos nombres (colonialismo, imperialismo, subimperialismo, colonialismo interno, etc.) y hoy lleva el de globalización –que también someteremos a análisis, lo más severamente posible–, ese expansionismo alimenta un espíritu de conquista, que implica un espíritu bélico, una industria bélica y un aparato comunicacional bélico. Hoy estamos lejos de los burgos, pero no de su espíritu. Por el contrario, de los feudos estamos tan lejos como se puede estar de algo definitivamente muerto, enterrado por un sistema de vitalidad arrolladora y brutal, que aún perdura y se obstina (con notable suceso) en perdurar.