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sábado, 14 de agosto de 2010

Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida

Cambalache
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania


Como todos los días, al amanecer, voy a buscar los diarios al buzón, que me deja el “canillita” con auto. Además de dos diarios está también una revista semanal. Las leo. Una hora después termino la lectura. No puedo creer. Camino unos pasos y me viene a la memoria una letra de tango. Lo canto a media voz aunque quisiera gritarlo. “Cambalache”, del filósofo de la calle Discépolo:

Siglo veinte, cambalache
Problemático y febril
...
.................
Vivimos revolcaos en un merengue
Y en un mismo lodo,
Todos manoseaos
.

Vuelvo al diario. Leo su titular: “Joven, sin posibilidades y amargado”. Y el subtítulo: “Alarma, hoy, en el Día de la Juventud, en todo el mundo la crisis financiera empuja a los menores de 25 años a la marginación”.

El artículo se basa en un estudio de la ILO, la Organización Internacional del Trabajo con sede en Suiza. Señala que en Europa, el número de jóvenes desocupados aumenta mes a mes. España, por ejemplo, anuncia una desocupación del 40,3 por ciento de jóvenes menores de 25 años. Y eso que, en el 2007, esa cifra llegaba apenas al 17,5 por ciento. Dice la crónica: “La cifra avanza en forma dramática” y cita al diario español El País, que habla de “una generación cero con muy pocas perspectivas y sin ninguna chance de empleo”. Y no sólo ocurre esto a los que han abandonado sus estudios y tienen poca preparación en oficios sino también a los jóvenes académicos a quienes “les esperan múltiples problemas para encontrar un empleo después de finalizar sus estudios”. Además, explica la ILO, “mismo los que obtienen un empleo, en el 2010, no tienen seguridad para planificar su futuro ya que el noventa por ciento de los trabajadores españoles menores de 25 años sólo reciben contratos con plazo limitado que pueden ser fácilmente rescindidos”.

A esa generación de jóvenes, en círculos especializados, la denominan “Ni, ni”, es decir, “ni estudian ni trabajan”. Acerca de esto, el sociólogo Philipp Woldin escribe: “Se trata de una generación sin estímulo, que ya no tiene sueños de futuro y que se ven ellos obligados a vivir con sus padres. España teme que debido a la crisis económica crezca una ‘generación perdida’ de jóvenes”. Las consecuencias, según los expertos, “para esa generación serán miedo al futuro y falta de motivación y, por supuesto, una larga dependencia del hogar paterno”.

La ILO advierte que en el 2008, en el mundo entero, 152 millones de jóvenes debieron conformarse con una entrada de apenas 1,25 dólar por día, lo que corresponde a un 28 por ciento de la cuota mundial de desocupados.

Pero, y aquí viene lo notable, “el mayor aumento de esa desocupación como consecuencia de la crisis financiera ocurre en los países desarrollados y de ellos, más en los europeos, donde la cuota de jóvenes desocupados aumentó del 13,1 por ciento, en 2008, a 17,7, en 2009. La que mejor se mantiene en los países desarrollados es Alemania, donde esa cuota alcanza al 11 por ciento.

Las consecuencias son, y lo dice el informe de la ILO: aumento de la criminalidad, problemas psíquicos y aumento del consumo de drogas.

Levanto la vista y me digo: “¿y eso hacemos con nuestros jóvenes? Ni siquiera ya reina aquella obligación moral y racional de asegurarles un camino sin violencias en la vida. La actual sociedad mundial con su sistema les abre la puerta para lanzarlos no a la paz sino a la contienda del egoísmo y la disputa diaria.

El mismo diario trae las declaraciones de Tim Noonan, portavoz de la Confederación Internacional Sindical, con asiento en Bruselas, quien señaló que “los gobiernos de la mayoría de los países se han preocupado muy poco durante muchos años en crear fuentes de trabajo y por eso los jóvenes, después de terminados sus estudios, no tienen posibilidades de encontrar una ocupación. Y los que la consiguen están limitados por contratos a término o reciben un sueldo muy bajo. Deben modificarse ya los fundamentos macroeconómicos. Tiene que acabar esa limitación y originar lugares de trabajo, crear empleos verdes, de defensa del medio ambiente. Si no se hace eso vendrá una segunda recesión. Es una bomba de tiempo que ha empezado a hacer tic-tac”.

“En los llamados países en desarrollo el problema es mucho más grave. En Africa y en el Medio Oriente la mayoría de la juventud no tiene trabajo. En Africa del Sur –donde se acaba de jugar el Mundial de Fútbol– el 45 por ciento de la juventud no tiene trabajo. En Namibia, el 75 por ciento. Naciones Unidas ha advertido que cada vez más hay jóvenes que caen en la criminalidad. El peligro es muy grande. Porque junto a la desocupación aumenta la inflación y estamos frente a una crisis de alimentos. Han comenzado las protestas, también en Europa; el caso de Grecia es patético. Trabajo debe ser el problema fundamental.”

Tiene razón Tim Noonan. Ni con medidas financieras ni con ahorros ni con acortar la ayuda a los países en desarrollo se soluciona el problema. Crear trabajo, ésa es la clave, repartir a cada cual lo suyo, ésa es la única solución contra toda violencia.

Doy vuelta la página del diario. Y no puedo creerlo: el Instituto de la Economía Alemana, institución matriz de los empresarios de este país, propone que se eleve la edad para jubilarse, de 65 años a 70; y para ello señalan que la gente cada vez vive más y es imposible solventar las jubilaciones, y que, por otra parte, ha disminuido el número de nacimientos. Es decir que las nuevas generaciones no podrán sostener al cada vez mayor número de ancianos.

Y aquí cabe la pregunta: ¿pero cómo, si hay cada vez menos trabajo y ahora quieren aumentar la edad para jubilados para que los viejos sigan trabajando cinco años más? Y entonces, ¿qué se hace con los jóvenes? Esto demuestra la irracionalidad del sistema capitalista que siempre busca cortar el hilo por lo más delgado. Si los viejos trabajan más años, los jóvenes tienen menos probabilidad de encontrar empleo, dadas las circunstancias del sistema económico actual. Mientras unos discuten cómo crear más trabajo los otros proponen que los que están por jubilarse ya sigan trabajando cinco años más. El sistema. La irracionalidad.

Porque la realidad es otra. Las empresas despiden a gran parte de su personal una vez cumplidos los 55 años, principalmente a los ejecutivos. Está en la mente empresaria que ya a esa edad hay conformismo y no la palabra “búsqueda”, el superarse siempre hasta el último día. Si bien pagan indemnización para librarse de los viejos, éstos, al quedarse sin empleo, pasan a cobrar el seguro de desempleo, una suma en sí irrisoria que les alcanza sólo para no morirse de hambre. Vamos a la parte psicológica: todo empleado, a partir de los 55 años, comienza a tener temor de un pronto despido. Y eso obra sobre su salud mental y física. Y se va formando así una sociedad de histerias, codazos y neurastenias. Cuando la vida tendría que tener un final de tranquilidad y premio para todos aquellos que cumplieron con la sociedad.

Este es el panorama. Pero doy vuelta a la página del mismo diario y me encuentro con otra información. Todo en idioma perfectamente empresarial. Se explica el radical programa de ahorro que llevan a cabo casi todos los estados federales de Estados Unidos. Se ahorra cerrando escuelas, rebajando las ayudas sociales y dejando cesantes a empleados. Hasta ahora, desde comienzos del 2010 se ha dejado cesantes a 169.000 empleados. La nota periodística la firma el economista Dietmar Ostermann. Se calcula que en el 2011 se van a ahorrar 120 mil millones de dólares para terminar con el déficit nacional. Obama ha enviado 10.000 millones de dólares a esos Estados para parar un poco el cierre de escuelas y el despido de maestros. Los republicanos han calificado a la ayuda de Obama como apenas una gota de agua sobre una piedra caliente. La financiación de esa ayuda se lleva a cabo a costa de los más pobres ya que se han eliminado las subvenciones para alimentos vitales.

Sigo leyendo el mismo diario. En el próximo título de página se denuncia el gran negociado que se llevó a cabo con la alarma sobre la gripe porcina y la dramática obligación de vacunarse a todo el mundo. Pero ya no quiero seguir leyendo, me digo, basta. Cierro el diario. Sí, es un diario de tendencia liberal, nada contestatario. Pero informa de la actualidad, es su obligación, la de informar. Es el Frankfurter Rundschau. Tomo la revista Stern, para descansar un poco. Pero justo su nota principal habla de los empresarios más ricos de Alemania y su predisposición a hacer donativos. Por lo menos hay 75 de ellos que poseen fortunas de más de mil millones de euros (que es de más valor que el dólar). Ejemplo, Karl Albrecht posee declarados 17.000 millones de euros; Theodor Albrecht, más de 16.000 millones; Dieter Schwarz, más de 10.000 millones, y sigue la lista. Como decimos, hay por lo menos 75 multimillonarios. Y eso que lo que poseen, comparado con lo de los multimillonarios norteamericanos, parecen propinas. Bastaría comparar esas cifras con las estadísticas del hambre en el mundo, o de la gente sin techo, o de las villas miseria.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé
En el quinientos seis
Y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros
Maquiavelos y estafaos,
Contentos y amargaos,
Barones y dublés.
Pero que el siglo veinte
Es un despliegue de maldá insolente
Ya no hay quien lo niegue.


Cambalache. Me digo: Alemania tuvo pensadores como Kant y Marx; Francia lo tuvo a Descartes, el mundo todo a un Einstein. Pero los argentinos lo tuvimos a Discepolín, que en un tango lo definió todo, en el idioma del pueblo.

Voy a la ventana. Veo el verde de este verano, el cielo bien azul, el dorado tan puro de los rayos del sol. Y se me presentan las figuras humildes de Agustín Tosco, aquel del Cordobazo que encabezaba las protestas obreras vestido con su humilde “overol”, y en Facón Grande, el gaucho que fue fusilado por acompañar a los pobres peones rurales patagónicos.

Sí, a pesar del cambalache, hay gente que no se rinde.

domingo, 28 de febrero de 2010

Columna Estival III: Semiologías...

"Decía que no hace falta ser un lector de Roland Barthes, de Guy Debord, de Julia Kristeva o, entre nosotros, de Oscar Landi, de Heriberto Muraro o de Nicolás Casullo, para, semiología casera e intuición mediante, descifrar el giro alucinante de la corporación mediática hacia la producción intensiva de una escenificación de los acontecimientos que sólo ofrecen la imagen de la decadencia y la descomposición. Su espectacularización de los sucesos tiene como único y obsesivo objetivo desplegar ante los lectores la geografía de un país arruinado y en vías de ser sacudido por un estallido social de magnitudes impredecibles. Todas las informaciones se aglomeran y hacen cola para describir un escenario de locura que tiene como principales ejecutores a un maníaco crispado y a una pobre bipolar (así, sin mediaciones ni anestesia, describen a quienes son objeto de su odio desenfrenado), verdaderos causantes de los males que asolan la vida cotidiana de los argentinos".


Semiologías

Por Ricardo Foster


No hace falta ser un semiólogo avezado ni un experto en desciframiento del lenguaje de los medios de comunicación para, a estas alturas, darse cuenta de la caída en picada de cualquier atisbo de “objetividad informativa”. Hasta el más simple de los lectores, ese que carece de cualquier animadversión hacia un determinado grupo mediático, incluso ese que rutinariamente inicia su día con la lectura del periódico que lo viene acompañando desde que tiene memoria, no deja de sentir que algo no funciona, que algo huele mal en la Dinamarca de los grandes medios. Para cualquiera que utilice el tan mentado sentido común resulta casi un escándalo de la razón comprobar que en decenas de páginas (y no estamos incursionando, estimado lector, en la radio y la televisión donde es comprobable el mismo efecto de homogeneidad informativa y de montaje de la realidad que se ofrece al telespectador o al radioescucha) se muestra una imagen monocorde del país, una suerte de descripción que entremezcla el desastre natural, la corrupción administrativa y gubernamental, el autoritarismo salvaje, el peligro inflacionario, la destrucción sistemática de las instituciones (la última joya a la que se apela ahora es al sacrosanto Banco Central y al uso discrecional de las reservas), la inseguridad que vuelve la vida cotidiana en un remedo del infierno o en una suerte de guerra de todos contra todos. Nada diferente resalta sobre ese fondo de horrores continuos; ninguna luz entre tanta tiniebla. Apenas desastre y desolación causados por “el matrimonio presidencial”, pareja de demonios que se solazan en aniquilar el ahorro y el patrimonio de los argentinos engordando sus propios y, seguramente, mal habidos bienes. Un odio visceral recorre algunas rotativas, un odio que se expresa en coberturas escandalosas y en la búsqueda de proyectar la imagen de un gobierno impresentable y huérfano de toda capacidad política. Más allá de cualquier argumento lo que emerge de la pluma de algunos editorialistas es la más brutal de las simplificaciones unida a una extraña e inquietante dosis de odio que se desparrama sobre ciertos sectores de la clase media como recordándonos tramos antiguos de nuestra historia metaforizados en una frase brutal: “¡Viva el cáncer!”.

Ni siquiera las tormentas que están haciendo que las aguas bajen turbias en la ciudad autónoma de Buenos Aires desnudando la impericia y la incapacidad del macrismo para hacer algo positivo y mostrando los sedimentos lodosos de una gestión de derecha, alcanzan a desviar la obsesión de esos grupos mediáticos en su afán de obturar cualquier acceso del lector a una información algo más plural y diversificada. Todas las noticias, las buenas, las regulares y las malas serán montadas de tal modo que sólo tiendan a destituir a un gobierno, eso escriben insistente y obsesivamente, vacío y vaciado de toda capacidad de gestión republicana (otra de sus frases favoritas). Si las paritarias con los docentes alcanzan un acuerdo salarial significativo, profundizando la tendencia de los últimos años a mejorar de una manera inédita el haber de maestros y profesores, la noticia será presentada como un intento del gobierno de poner en problemas a las provincias. Si la tasa de desempleo baja ostensiblemente mientras en Europa crece proporcionalmente a la agudización de la crisis económica, es una casualidad no digna de mención ni de explicación alguna o simplemente se debe al mítico “viento de cola” o al falseamiento de los datos por parte del Indec. Si los salarios de los trabajadores tienden a recuperar parte de lo perdido durante décadas de dominio arbitrario de las políticas de ajuste y de ortodoxia neoliberal, se trata, pura y exclusivamente, del retorno de la espiral inflacionaria que, como todos saben, es el resultado de la alquimia de aumentos salariales y aumento del gasto público (silenciarán prolijamente que las “soluciones” ofrecidas por los gurúes de la economía implican, como ya lo conocemos, reducción del déficit fiscal a partir del recorte de los salarios y la caída del consumo). La asignación universal para los niños será descripta pura y exclusivamente, cuando hay buena leche, desde sus carencias administrativas o, cuando de lo que se trata es de horadar más y más, desde la pura lógica del clientelismo. La defensa del trabajo y de la producción, la búsqueda de inversiones públicas que morigeren la crisis entre nosotros apelando a recetas no ortodoxas, es presentada como crecimiento brutal del déficit fiscal o como mera apropiación, por parte de “la caja”, de las reservas y de los ahorros de los argentinos (todavía lloran lágrimas de cocodrilo por el “saqueo de las AFJP” silenciando el gigantesco negociado que significaron durante los años noventa y como pata clave en el endeudamiento del Estado y como cereza del postre de la destrucción de riquezas y de ahorros argentinos). Nada les dice el aumento del turismo interno durante el verano, tampoco la recuperación evidente de la capacidad productiva y los pronósticos, todos positivos, de las principales consultoras (esas, incluso, que resultan intachables a los ojos del establishment) respecto de la marcha de la economía en el 2010. Si aumenta el precio de la carne la culpa la tiene, como es obvio, el Gobierno y sus “políticas anticampo”, ocultando el vínculo inmediato y evidente entre la expansión desmesurada de la frontera sojera y el detrimento de la producción ganadera que se relaciona con la imposibilidad, derrota parlamentaria mediante, de imponer retenciones móviles como un instrumento, no el único pero sí imprescindible, para frenar esa expansión (tampoco harán ninguna mención a la crisis estructural, que viene desde la década del sesenta, ni a que la mejora en el poder adquisitivo de los sectores populares genera inmediatamente un aumento exponencial en el consumo de carne, esas son pavadas que no hay que explicarle al lector porque toda la culpa la tiene Guillermo Moreno, el cuco que aterroriza a los “honestos productores” y a los empresarios intachables que, entre otras cosas, son los grandes formadores de precios). Ni una línea para comparar la caída en picada de España o de Grecia respecto de la relativamente suave travesía del país durante lo peor del 2009.

El Fondo del Bicentenario no es otra cosa que un manotazo de ahogado para hacerse con las reservas “intangibles” del Banco Central mientras se oculta lo que significan las reservas y lo que implica liberar fondos del presupuesto para mejorar el empleo y motorizar la economía. Silencio o desprecio por las señales inequívocas de una realidad que se niega a comportarse de acuerdo con los deseos de la corporación mediática. Los errores y las contradicciones del Gobierno, sus debilidades a la hora de profundizar un proyecto de contenido popular, no son las que preocupan a la corporación mediática, su afán es aniquilar cualquier iniciativa que implique ponerle límites al poder de los grandes grupos económicos y terminar con la anomalía inaugurada inesperadamente en mayo del 2003. Para eso utilizan la retórica de la impostura, la proliferación de informaciones sacadas de contexto y la multiplicación de imágenes del caos y la corrupción. Lejos de su ánimo señalar las deficiencias del kirchnerismo a la hora de regenerar participación popular y de darle forma más consistente a la redistribución de la renta.

Decía que no hace falta ser un lector de Roland Barthes, de Guy Debord, de Julia Kristeva o, entre nosotros, de Oscar Landi, de Heriberto Muraro o de Nicolás Casullo, para, semiología casera e intuición mediante, descifrar el giro alucinante de la corporación mediática hacia la producción intensiva de una escenificación de los acontecimientos que sólo ofrecen la imagen de la decadencia y la descomposición. Su espectacularización de los sucesos tiene como único y obsesivo objetivo desplegar ante los lectores la geografía de un país arruinado y en vías de ser sacudido por un estallido social de magnitudes impredecibles. Todas las informaciones se aglomeran y hacen cola para describir un escenario de locura que tiene como principales ejecutores a un maníaco crispado y a una pobre bipolar (así, sin mediaciones ni anestesia, describen a quienes son objeto de su odio desenfrenado), verdaderos causantes de los males que asolan la vida cotidiana de los argentinos.

Desde lo más relevante a lo más insignificante, nada queda fuera de ese relato que, obviando las sutilezas y moviéndose en la dimensión de lo crudo, es decir de lo pre-cultural incluso, busca dramatizar un presente en estado de catástrofe. Puro desquicio mientras el país deja pasar, una vez más, la dorada oportunidad para recuperar los fastos del Primer Centenario (imagen soñada de la utopía retrospectiva de nuestro establishment agroindustrial). Han superado con creces la voluptuosidad antiyrigoyenista del diario Crítica en el final de los años veinte que concluyó en el golpe de Uriburu; se esmeraron en emular y en rebasar a la prensa canalla de la Revolución fusiladora del ’55; convirtieron en un juego de niños la horadación sistemática que ejercieron sobre el gobierno de Illía y que luego volvieron a desplegar con el de Alfonsín al lograr una univocidad inmaculada en la construcción de un frente común contra la “satrapía populista” de los Kirchner. Se ocuparon, sin demasiada convicción, de borrar las marcas visibles de su complicidad con la dictadura del ’76, mostrándose, al mismo tiempo y sin pudor alguno, como los más aguerridos sostenedores de la democracia y de la libertad de expresión.

Todo está allí sin disimulos, ningún velo ni ninguna astucia narrativa busca esconder la transformación de esos grandes medios de comunicación en defensores a ultranza de sus propios intereses. Han dejado bien atrás el enmascaramiento y el lenguaje de la ambigüedad como si fueran expresión de una época ya superada en la paciente artesanía de la destitución de un gobierno democrático. Saben, y así lo expresan a través de sus principales “periodistas independientes”, que su función principal, la que justifica todos sus afanes, es potenciar un sentido común y una opinión pública en consonancia con sus deseos restauracionistas. Saben, por experiencia propia, que el terreno de lo discursivo-mediático es el verdadero campo de batalla, que en él se juega “el destino del país”. Lo que no dicen, aunque cualquier lector algo despabilado ya lo sabe o lo intuye, es que ellos “son” la opinión pública, ellos son quienes intentan darle forma a un sentido común desprovisto de cualquier posibilidad crítica. Lo que tal vez no acaban de ver, enceguecidos por su propia soberbia y su discurso autorreferencial, es que son cada vez más los lectores que, sin ser refinados semiólogos ni ser defensores a ultranza del Gobierno, ya no comen gato por liebre.

martes, 23 de febrero de 2010

Columna Estival II

A eso se refiere Guillermo Saccomanno, autor de la apenas futurista y muy oscura El oficinista –ganadora del premio Seix Barral– cuando precisa: “Si hay una clase que conozco y repudio es la clase media. La clase a la que pertenezco. Se define por su capacidad de sometimiento y traición. Una clase que, en su afán de trepada y con tal de no descender un peldaño en la escala social, se identifica con sus enemigos, los ricos. Es decir, el poder...


Noir

Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO ¿Qué se puede hacer salvo leer novelas policiales? O mejor dicho: ¿por qué todo el mundo –en los cafés, en los aeropuertos, en el tren de alta velocidad, en el metro– sostiene entre sus manos, con los ojos bien abiertos y moviendo los labios como si rezaran, libros que chorrean sangre caliente en este invierno español tan frío? Se me ocurren varias teorías posibles y ninguna respuesta definitiva. Tal vez tenga que ver con que en los tiempos de grandes crisis económicas pensar en el crepúsculo del Imperio Británico, en la Gran Depresión made in USA de los años ’20, en el Big Crack de ahora mismo es cuando más se descorchan venenos y se disparan armas para que florezca el cadáver en la biblioteca, flote boca abajo el cuerpo de un gangster en un muelle o una hacker punkie eleve al asesinato y la venganza escandinava a una de las bellas artes. Cuando estamos en problemas, buscamos soluciones, sí. Una cosa queda clara: los códices ancestrales, los niños brujos y los vampiros bien peinados van y vienen y pasan, pero el policial permanece.

DOS Porque, finalmente, el policial es novela histórica y fiel retrato social. Dime cómo matas y te diré cómo vives. Y de ahí ese perturbador y delicioso escalofrío que sentimos leyendo acerca de un tipo normal hasta ese día en que no aguanta más y decide hacer algo que, teóricamente, no estaba en el guión de su vida pero sin embargo... A eso se refiere Guillermo Saccomanno, autor de la apenas futurista y muy oscura El oficinista –ganadora del premio Seix Barral– cuando precisa: “Si hay una clase que conozco y repudio es la clase media. La clase a la que pertenezco. Se define por su capacidad de sometimiento y traición. Una clase que, en su afán de trepada y con tal de no descender un peldaño en la escala social, se identifica con sus enemigos, los ricos. Es decir, el poder... La tragedia del oficinista, cuyo destino parece responder a las leyes de Murphy, es decir, las leyes del capitalismo, puede ser la de cualquiera... Piensen nomás en qué ocurriría si pierden el trabajo. ¿De qué abyecciones seríamos capaces, escritores y lectores, con tal de que el poder no pise nuestros dedos agarrados a la cornisa..? Y, sí, en esta España de final de fiesta todos leen novela negra porque en ella hay tanta gente como uno: unos quieren entrar como sea en el reparto, mientras otros sólo quieren salirse con la suya.

TRES Gente como Eric Cash, protagonista de La vida fácil, la nueva novela de Richard Price, maestro absoluto del thriller. Habitante del trendie y cool Lower East Side, Cash es un neoyorquino de treinta y cinco años. Un bohemio profesional que sueña con firmar una obra maestra o ganar un Oscar o lo que sea –lo que sea con tal de dejar ese restaurante donde sirve a otros en lugar de ser servido– mientras comienza a oír las ominosas campanadas del reloj biológico masculino. Ese que marca los días, horas y minutos que faltan para alcanzar el momento de saber –y de que todos sepan– que ya no eres una futura promesa sino, apenas, alguien que no cumplió esa promesa. Y que empieza la vida difícil. Una noche, Cash es testigo del asesinato de su amigo Ike. Y, al ser interrogado, Cash se contradice en algunos puntos clave. Lo que sigue es la paciente investigación del oficial de policía Matty Clark. Y, de pronto, los medios deciden que ese homicidio es simbólico de “algo” y, ay, Cash descubre que es famoso, sí; pero por todas las razones incorrectas.

Acompaño a Price por Madrid y Barcelona para conversar en público sobre el narrar en imágenes. Price, se sabe, es guionista top además de responsable de los diálogos en varios episodios de la que acaso sea la mejor serie televisiva de los últimos años o de todos los tiempos: The Wire. Saga de aliento tolstoiano, crónica de la decadencia y corrupción de Baltimore y cinco temporadas que atentan contra todo lo establecido en lo que hace al tempo catódico, fracaso económico y de audiencia para la HBO (para Price la explicación para esto pasa porque la serie no tenía un héroe individual sino un coral). Sin embargo, The Wire es un culto creciente gracias al DVD. Price es gracioso y cínico y –frente a un auditorio colmado– no tiene problemas en calificar a los demás a la velocidad del zapping. Así, Sex and the City, The Tudors y True Blood son “para chicas”, Mad Men flirtea “con la nostalgia por algo que nunca existió”, Dexter “tiene su gracia”, Deadwood “vale la pena por el malo” y Lost “es lo más estúpido jamás hecho; aunque el pobre gordo me cae bien”. Pero no: para Price no hay revolución o edad dorada o Gran Novela Americana en el aire. Hay más y mejor trabajo; pero él es guionista para poder ser novelista. “¿Y cuál de esas partes es Dr. Jekyll y cuál es Mr. Hyde?”, le pregunto. “Ninguna. Uno siempre es y siempre será completamente Frankenstein”, me responde.

CUATRO James Ellroy, en cambio, es el hombre lobo. Ellroy no ve televisión ni lee los diarios ni tiene móvil. En un taxi que le queda chico –Ellroy es enorme– le pregunto si hay algo de lo que no quiere que hablemos, en un rato, en el anfiteatro de la Biblioteca Jaume Fuster. Ellroy muestra los dientes: “No me interesa ni la jodida realidad, ni la jodida actualidad, ni el jodido Barack Obama. Hablemos de mí”. Minutos más tarde, Ellroy sube al escenario, se arranca de la cabeza los audífonos para la traducción simultánea, los arroja al suelo, abre por la primera página un ejemplar del flamante Sangre vagabunda (conclusión de su monumental Trilogía USA Underworld) y comienza a leer a los gritos, como un predicador en llamas, acariciándose rítmicamente su entrepierna, aullando como un perro demoníaco. Los asistentes no pueden creer lo que están viendo. Yo tampoco. “Estoy aquí para decirles que todo es verdad y que no es en absoluto como piensan”, ladra Ellroy quien, enseguida, contará cómo en su juventud mató a un doberman con sus propias manos y se metía en cuartos de señoritas para abrir los cajones y olisquear su ropa interior y luego explicar por qué Chandler le parece “un sentimentaloide sobrevalorado”. Ellroy –quien no duda en considerarse “el mejor escritor vivo”– sólo se rinde ante la figura de Beethoven y los cuerpos de las mujeres que, en los últimos años, le regalaron una crisis nerviosa. Escribió sobre todo eso en The Hilliker Curse –memoir que saldrá en el 2011–, pero, sonríe, “ahora soy un feliz hijo de puta”.

CINCO Días antes, voy a comer con Don Winslow, autor de El poder del perro, de paso por la ciudad como invitado del festival BCNegra. Mientras disfrutamos de un perfecto arroz negro, seguro, alguien pierde la cabeza en Ciudad Juárez. Es decir: se la cortan. Nadie sabe cómo va a terminar todo eso –Winslow apuesta por la legalización de todo y a ver qué pasa–, pero en su novela queda muy claro la manera en que empezó todo. Le pregunto cómo se le ocurrió ese terrible capítulo en el que unos niños mexicanos son arrojados desde un puente. Winslow me responde: “No se me ocurrió: ocurrió”.

En la mesa de al lado, un oficinista en la hora de su almuerzo lee el último thriller de éxito, tal vez buscando consuelo en un género en el que las cosas y los casos, para bien o para mal, se resuelven. Lo que –atención, advertencia– no siempre significa que ganen los buenos y los malos reciban su justo castigo.

martes, 9 de febrero de 2010

Columna estival I

"Me refiero aquí al asunto de esa gripe A que, se suponía, nos iba a matar como a cochinos afrodisíacos. Parece que no, parece que no era para tanto (toco madera; pero ha resultado ser una de las gripes más suaves desde que el hombre comenzó a estornudar)..."


Virus
Por Rodrigo Fresán


Desde Barcelona


UNO Las noticias, como virus que se expanden rápido, pegan fuerte, contagian a todos y, de pronto, un día se esfuman en el espacio exterior para dejar lugar a que nuevas bacterias conquisten nuestro espacio interior. De este modo, aquellos que no hicimos otra cosa que hablar de lo mismo durante unos cuantos días de pronto nos descubrimos preguntándonos de qué toca hablar a continuación. Y para bien o para mal, la respuesta nunca demora demasiado en llegar. Y allá vamos otra vez.

DOS Así, lo que empezó como una novela de Michael Crichton parece haber mutado a guión de David Mamet. Me refiero aquí al asunto de esa gripe A que, se suponía, nos iba a matar como a cochinos afrodisíacos. Parece que no, parece que no era para tanto (toco madera; pero ha resultado ser una de las gripes más suaves desde que el hombre comenzó a estornudar) y lo que no deja de ser una buena noticia provoca, al mismo tiempo, la inquietud de haber sido víctimas de una apestosa estafa. Esto ha despertado sospechas por el apresuramiento con el que la Organización Mundial de la Salud etiquetó todo el asunto como pandemia apocalíptica y se habla de vinculaciones de los responsables con las farmacéuticas multinacionales que vendieron vacunas. Wolfgang Wodarg –presidente de la Comisión de Salud del Consejo de Europa– ya se ha referido a la maniobra como “uno de los mayores escándalos médicos de la historia, un montaje de proporciones gigantescas y una campaña de desinformación a gran escala”. Y me acuerdo de El jardinero fiel, novela magistral y terrible de John Le Carré y del desasosiego que me produjo una trama en la que los responsables de curarnos eran, sí, los más enfermos.

TRES “¿Y ahora quién podrá defendernos?”, se preguntaban los desvalidos adoradores de un infeccioso superhéroe mexicano. Y eso mismo me pregunto yo ante el embate de tanto bacilo vacilante en los últimos días que me ha dejado completamente idiota y rendido ante la fiebre zapping y estacional. A ver... La contemplación –una y otra vez– desde todos los ángulos posibles del manotazo rompe-nariz que el volátil e incontrolable Cristiano “Hago 3000 Abdominales al Día y Qué” Ronaldo le pegó a un jugador del Málaga que gana mucho menos dinero que él. La sorpresa por el súbito cierre durante dos años del restaurante top El Bulli debido a crisis metaexistencialista de su responsable Ferrán Adrià (“¿No es como si Las Meninas solicitaran un año sabático para reflexionar?”, se preguntó, desconsolado, el escritor Juan José Millás). El abandono de Nadal en Australia y el retorno de Alonso con Ferrari. La tercera candidatura al Oscar de Pe Cruz (¡Piedad! ¡Piedad! ¡Que llegue pronto la noche de la entrega y a otra cosa!). La angustia de los que andan por la calle gimiendo un “¡Quiero mi iPad ya, por favor, lo necesito para ser feliz!” al descubrir que ni el e-book ni el iPhone alcanzaron para satisfacerlos. La última narco-masacre en Ciudad Juárez que, para cuando ustedes lean esto, seguro, ya no será la última. Tiger Woods internándose para superar su “adicción al sexo” (eufemismo que en otros tiempos, al menos en lo que hace al star system, se conocía como “infidelidad”; porque, hasta donde yo sé, nunca aparece un soltero entre quienes confiesan y ni Michael Douglas ni David Duchovny fueron sorprendidos alguna vez en la cama con una octogenaria o un dálmata). La excitación de los que importunan niños a la salida de los colegios para contarles sus teorías en cuanto a cómo será el final de Lost. La fiebre atómica de pueblos españoles peleándose por ser los huéspedes de un redituable cementerio de desechos nucleares (una portada del semanario de humor El Jueves muestra a Zapatero con los pantalones bajos e introduciéndose un supositorio radiactivo mientras dice: “¡Una solución democrática! ¡En forma de supositorio y que cada uno se meta por el culo la parte que le toque!”). La desenfrenada salingeritis (muerto el lobo feroz, los muchos más de tres cerditos vuelven al bosque y comienzan a salir a la superficie esas fotos en las que el autor de El guardián entre el centeno parece el Dan Draper de Mad Men). Los Avatar Blues –novísima forma de depresión de la que acaba de dar cuenta la CNN– expresada en el desconsuelo de los espectadores volviendo una y otra vez al planeta Pandora de James Cameron para así ahogar “fantasías suicidas” inspiradas por la inexistencia de semejante paraíso y, de vuelta en España, otra portada de El Jueves: Un inmigrante con la cara mal pintada de azul pregunta: “Y si le digo que vengo del planeta de Avatar, ¿me empadrona?”.

CUATRO Y entre tanto moco y poca flema, a mí me cuesta olvidar y reponerme de la realidad de esa madre (me da náuseas tener que escribir su nombre) que lucró durante años con su hijo presentándolo como “el niño más enfermo del Reino Unido”. El nene estaba perfectamente sano pero mami no sólo lo obligaba a desplazarse en silla de ruedas y alimentarse por una sonda sino que, además, lo sometió a todo tipo de intervenciones médicas para conseguir donaciones y conocer a famosos, políticos y miembros de la familia real. Resultado: el niño de nueve años sí está enfermo porque está convencido de que tiene –como le contó su madre– los días contados. Y me pregunto qué sentido tiene el preocuparse por plagas terminales cuando, al día de hoy, todavía no hemos conseguido neutralizar a microorganismos como esa madre hija de sí misma.

CINCO ¿Está engripada España? Todo parece indicarlo. Y se siente ese doloroso crujir de huesos. “España contrae el Mal Griego”, titula La Vanguardia. Síntomas: Record de desempleo, caída en la Bolsa, único país del G-20 en recesión, malestar de sindicatos que comienzan a toser aquello de “huelga general”, déficit en las finanzas públicas cercano al 10 por ciento, espantada de inversores internacionales cortesía de un catastrofista artículo del Financial Times, y un accionar del gobierno más bien tembloroso proponiendo algo para corregirlo o negarlo a las pocas horas. Mientras tanto Zapatero –con el PP subiendo en las encuestas por inercia más que por la inocurrente oposición de Rajoy & Co. y audibles sordos rumores en el PSOE en cuanto a la necesidad de “cambios urgentes”– voló a EE.UU. Para rezar junto a Obama (quien negó tener en sus planes una próxima visita a Madrid) frente a una misteriosa y poderosa organización retro-ultra-cristiana conocida como “La Familia”. Lo que nos trae un cierto perfume Dan Brown. ¿Será ZP el Zímbolo Perdido? ¿Resulta cada vez más críptico y oscuro el Código Obama? Zapatero –representante de un gobierno ejemplarmente laico y firme defensor de la amplia separación entre Iglesia y Poder– se paró allí para leer un fragmento de la Biblia sobre la necesidad de “no explotar al jornalero”, insinuó con elegancia el respeto a la libertad sexual y práctica de credos, y remató con su germen favorito: el siempre optimista y caballeroso Quijote. Obama llegó tarde, lo abrazó fuerte, bailó su wadu-wadu, y se fue rápido a atender a sus propios y cada vez más impacientes pacientes. Y yo me quedé pensando mientras tragaba una aspirina común que, al final, cuando las papilas queman, siempre terminamos mirando al cielo o al suelo, con la cabeza gacha, invocando entre susurros la mágica figura de aquel a quien creamos para que, después, nos creara. Un divino científico loco cuyo mejor diagnóstico –nunca contesta el teléfono de emergencias– fue el de recetarse a sí mismo desaparecer tan rápido como desaparece la noticia de un virus para que aparezca la noticia de otro virus: esa mortal e inmortal palabra que es singular y plural al mismo tiempo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Cuentos estivales

"Porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa..."

Cabecita negra
Por Germán Rozenmacher


A Raúl Kruschovsky

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos o siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo reventando el silencio y la calma y el orden haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre anterior a las palabras, casi un vagido de niño, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso Para Damas en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo. –Quiero ir a casa, mamá –lloraba–. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una niña que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

–¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? –la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

–A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

–Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo. –Vamos. En cana. –El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía: –Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? –Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

–Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta de que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? –dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada, mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él en todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

–Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer –dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

–Señor agente –le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

–Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto. –Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró–. Vivo ahí al lado –gimió, casi manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar. El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

–Dame café –dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

–Qué le hiciste –dijo al fin el negro.

–Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de... –el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaban haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

–Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

–Este no es, José. –Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada pero definitiva. Vagamente, el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía, bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado mirando a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma”, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlos, aplastarlos”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

jueves, 28 de enero de 2010

Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos

"El Estado es impersonal: el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, para él, robar dineros públicos no es un crimen. Compruebo un hecho, no lo justifico o lo excuso"
"Lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano".
Jorge Luis Borges. Nuestro pobre individualismo, Otras Inquisiciones.

Para quienes no reconozcan el título, pertenece a una célebre canción de Sumo, escrita por su genial (y creo que el adjetivo es hasta mezquino) vocalista Luca Prodan, "El cieguito volador".
Es prácticamente imposible, al menos para mí, descifrar el por qué me gusta una canción. O me gusta o no, pero desentrañar la etiología es destruir su arte, creo. Esta canción me llamó la atención por expresar tan correctamente la óptica de un murciélago, de un ajeno, de un extraño y, por qué no, de un extranjero.

Estamos acostumbrados a observar el mundo con una sola óptica, la propia. Y por más que intentamos "ponernos en el lugar del otro", los prejuicios se nos adelantan y ganan la carrera en más de una oportunidad. Qué hacer cuando esto sucede, es la cuestión. El que afirma que no tiene prejuicios (así, taxativamente lo digo), miente. Todos los tenemos: y sí, son pre-juicios, no juicios. El juicio debe tener un conocimiento de causa, una razón, una raíz. Los prejuicios son el salto pseudo-lógico por economía cuasi-ética, cuasi-moral, que emitimos por evitar razonar, por contumaz pereza. Ahora bien, admitido el error, nos enfrentamos con nosotros mismos, con nuestra verdad, nuestra mezquindad, nuestra miseria. Y al verla cara a cara, se nos presenta el interrogante: quid faciamus?

Berlusconi dice que los inmigrantes engrosan las filas de la criminalidad, es el título de una nota. En qué se basa, vaya uno a saber. Probablemente en que los europeos son, bueno, europeos, y no roban con pistolas sino con firmas (en el mejor de los casos), o con bombas (en el peor). Ladrones de guantes blancos, que les llaman.
La abominable sentencia de "El Cavaliere" puede ser rechazada desde múltiples perspectivas: para empezar, discriminatoria, para terminar, xenófoba, pero lo que me llama la atención es la practicidad con que se aborda una temática tan compleja como "la inseguridad". Algo así como "no más extranjeros = no más delincuencia". Claro que aceptar esa ecuación raya en aceptar "extranjeros = delincuentes". Y ya la vecina se espantará porque en Europa ella es "delincuente", pero acusa groseramente a nuestros "delincuentes", los extranjeros vecinos y los vecinos extranjeros.

Y no hace falta irse al Viejo Continente para encontrar soluciones prácticas a problemas complejos. En más de una ocasión se culpa con ignorancia supina a la clase baja de los delitos, a los "morochos", a los "negros", calificados inmediatamente con un adjetivo despectivo (como si el sólo llamarlos "negros" no lo fuera), alegando como solución la policía en las calles, la baja en la mayoría de edad, la suba en las sentencias. Soluciones todas al secundario efecto , no a la primera causa , que, sabemos, continuará ocasionando los mismos resultados.
Y estamos en una Argentina donde Duhalde quiere que las Fuerzas Armadas colaboren con la lucha contra "la inseguridad" (¿algo así como "muerto el perro, se acabó la rabia" o "mayor represión = menor delincuencia?), ignorando -ex profeso- que la causa de la delincuencia es un modelo económico que él y sus secuaces se encargaron de impartir y repartir -pero, ojo, sin compartir-; Mirtha se dice "rubia por dentro y por fuera" y yo me pregunto qué cuernos es "rubia por dentro": ¿elitista? ¿oligarca? ¿burguesa? Adjetivos que posiblemnte ella asume con total orgullo. Susana también proclamó anteriormente la vuelta del servicio militar obligatorio para contener a los jóvenes (como si las Fuerzas Armadas fueran la solución para todos los problemas...(me olvido, ilusamente, que, para ellos, las Fuerzas Armadas son LA solución...vaya uno a saber a qué problema, pero son LA solución, porque "antes se vivía mejor").
Prejuicios...Prejuicios...Aprender a identificarlos y a hacerse cargo de ellos, esa es la cuestión.
Los dejo con el resto de la canción:
"Los murciélagos son tétricos
Dan miedo y terror
Y nunca están limpios
Los murciélagos se quedan abrigaditos
En cuevas tristes
Los murciélagos tienen alas de cisne
Y se cuelgan hacia arriba
Viendo tu panza al revés
(...)
Revés al panza tu viendo!
Yo estoy al derecho!
Dado vuelta estás vos!

sábado, 23 de enero de 2010

Una de cal y una de arena...

"Eso es lo que han hecho con la idea del Estado: subvertirla tanto, que ya esa gente no entiende por Estado algo en común, sino la amenaza del reparto. No hay ningún pensamiento más funcional a esos pocos que manipulan a tantos, que ése: que la equidad es una amenaza".


Chile y Bolivia
Por Sandra Russo

Ya hacía unos años que a la Argentina había vuelto la democracia, y apenas un par que este diario existía. Me tocó en suerte una cobertura inolvidable: ir a Chile a cubrir las elecciones con las que Augusto Pinochet se despedía. No se despedía del todo, porque había hecho una Constitución a su medida y quedaba como senador vitalicio. Pero aquel Chile fue una fiesta. En el acto de cierre de la Concertación, en el que hablaba Patricio Aylwin, quien sería el presidente electo, miles y miles de personas se apiñaban haciendo flamear sus banderas. Esas y otras banderas habían estado guardadas durante los años de dictadura. Chile, esas dos sílabas, ese nombre comprimido y rítmico, significaba entonces muchas cosas. Sobre todo significaba todavía Salvador Allende, significaba el Estadio Nacional, en consecuencia significaba Víctor Jara. Chile era llorar por los ausentes, y se lloraba de pena y de alegría al mismo tiempo esos días.

Las democracias latinoamericanas fueron llegando como pudieron. Fueron oportunidades arrancadas al enorme y monstruoso ballet de una generación más de militares que se aceptaron a sí mismos como el brazo armado de un orden de cosas que quisieron instaurar como el orden natural de las cosas. En cada país hubo pequeños grupos de civiles que buscaron y obtuvieron su propia representación en las fuerzas armadas. Tenemos esa clase de burguesías. Bananeras. La chilena, aunque camuflada en la circunspección idiosincrática y el recato religioso, fue tan bananera como la que más. Por bananera entiendo haber rifado sin titubeos una de las democracias más sólidas del continente para sacarse de encima, con estado de sitio, asesinatos y encarcelamiento de opositores, a un gobierno legítimo que estaba orientado hacia los débiles.

Ese sigue siendo nuestro problema en la región. Cómo pueden sostenerse los gobiernos que no se inclinen en el gesto de aceptación acrítica a lo que les exijan los países más poderosos.

Chile en aquel tiempo también significaba Ariel Dorfman y Armand Mattelart, y su Para leer al Pato Donald. Aquellas generaciones de latinoamericanos estaban descubriendo algunos mecanismos de colonización mental, algunos ardides a través de los cuales nuestros pueblos seguían viendo bello al rubio y feo al negro, confiable al blanco y ladino al indio. La aparatología cultural, puro artificio de comunicación de masas, no tenía todavía oponente. No había Ciencias de la Comunicación ni teorías que nos explicaran por qué y cómo la gente votaba contra sí misma, en una ensoñación programada para vulnerar hasta lo indecible a las mayorías.

Teníamos bases de ciudadanía extremadamente acotadas y selectivas. Se daba por bueno lo extranjero y malo lo nacional, como en esa propaganda de la silla que describió hace poco la Presidenta y que muchos hemos vuelto a ver con ojos azorados. Un hombre que se sienta en una silla hecha en la Argentina, y se cae porque la silla está mal hecha, no resiste su peso. Se exhibían entonces muchas otras sillas importadas, en las que cualquiera podía sentarse con confianza.

Lo ingenuo, lo falaz, lo antipatriótico y lo antipolítico de esa propaganda hoy la haría imposible. Sobre todo porque nos hemos sentado en infinidad de sillas importadas que se cayeron, y porque hasta el más desentendido entenderá al menos como un problema la desocupación de los trabajadores que hacen sillas y la quiebra de las fábricas de sillas. Pero en aquella época, en aquella edad del pavo mental que vivimos como continente y que terminó con los peores crímenes que puedan imaginarse, los ciudadanos eran niños leyendo al Pato Donald. Con fuerzas armadas instruyéndose en la Escuela de las Américas. Con burguesías y oligarquías aliadas en la saña que siempre pretendió ser moral o ideológica y siempre mintió, porque era económica. Algunos pocos generaron o preservaron negocios gracias a convencer a muchos de que había un estado de cosas que era el orden natural de las cosas.

Nunca nada tuvo por qué ser como fue. Lo que pasó fue la historia, con sus móviles, sus protagonistas, sus responsables, sus ganadores, sus firmantes. Tanto dolor, tanta muerte, tanto exilio, anidó en la parte más soez de miles de personas que, con el cuello apenas un poco afuera del agua, quieren hundirle la cabeza al de al lado. Hace unos días un hombre más bien pobre, que criticaba furiosamente al gobierno argentino, gritaba que él se había esforzado por pagar su jubilación y que ahora resulta que más de dos millones de vagos que no aportaron gozarán de su mismo beneficio. Eso es lo que han hecho con la idea del Estado: subvertirla tanto, que ya esa gente no entiende por Estado algo en común, sino la amenaza del reparto. No hay ningún pensamiento más funcional a esos pocos que manipulan a tantos, que ése: que la equidad es una amenaza.

Estos días en los grandes medios escuché a unos cuantos comunicadores machacar con el ejemplo chileno. Se referían a que Michelle Bachelet fue a saludar personalmente al presidente electo, el empresario Piñera. Vienen dando el ejemplo chileno porque Chile ya significa otras cosas. Significa beige, no rojo. Lo rojo se apiña en Bolivia, que ninguno de ellos da nunca como ejemplo de nada, a pesar de que es el país de la región cuya economía creció más el último año, y cuyos logros sociales van mucho más allá de lo aceptable para el statu quo. En Bolivia la democracia cura, educa y alimenta. En Bolivia el presidente Morales habla de la “revolución democrática” porque hay que sincerarse: que coman, se curen y se eduquen todos es lo revolucionario en estos países exóticos sólo si se los mira con el ojo del amo. La equidad, es necesario repetirlo, está siendo vestida de amenaza. Ese también es el ojo del amo.

Lamenté profundamente el triunfo de Piñera, lamenté ese retroceso, esa berlusconiada. Lamenté por anticipado lo que pasará y lamenté también tener que sepultar aquel recuerdo, el de Chile explotando de alegría con el fin de la dictadura. Porque la democracia, pensábamos todos entonces, no era solamente el llamado a elecciones sino la posibilidad de recrear las redes de solidaridad y de equidad que la dictadura había roto. La democracia, creíamos entonces, como había expresado aquí el entonces presidente Raúl Alfonsín, era una herramienta para dar de comer, para curar, para educar. Pues bien: eso lo ha hecho Bolivia y no Chile. No lo ha hecho hasta ahora, y con Piñera menos. Los ejemplos no son inocentes.