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domingo, 22 de mayo de 2011

FMI - DSK - UE

Maquillaje

Por Alfredo Zaiat

Ojos entrecerrados, barba incipiente sin rasurar, hombros vencidos, cuello abierto de la camisa, sin corbata, y una expresión de derrota impactante. Esa imagen que entrega la foto de quien era hasta ese momento número uno del Fondo Monetario Internacional, acusado formalmente por el Tribunal de Nueva York de siete cargos, el principal intento de violación de una mucama del hotel Sofitel, es impresionante. Dominique Strauss-Kahn, uno de los protagonistas estelares del G-20 y de la estructura financiera internacional que enfrenta la crisis global desde el estallido en 2008, cayó en desgracia. Para el traumático vínculo histórico de la economía argentina con el Fondo no es insignificante ese desmoronamiento, teniendo en cuenta además que abanderados de la moral y las buenas costumbres claman por volver a la subordinación a ese organismo multilateral. No deja de ser una ironía que el desprestigio de esa institución sea por el deseo sexual irrefrenable de su líder en lugar del acoso permanente con ajustes implacables a países en la cornisa, como los padecidos por los latinoamericanos en la década del noventa y hoy los periféricos europeos. La tentación de vincular esas conductas es elevada, que por pudor se eludirá y vale recordar que esas vejaciones fueron y hoy son aceptadas por gobiernos sumisos a las finanzas globales.

Fracasos Múltiples Internacionales había quedado en una posición muy débil a nivel institucional cuando los países que habían recibido sus préstamos, como Argentina, Brasil, Uruguay, decidieron cancelarlos en su totalidad. Esos pagos los liberaron de las condicionalidades, que eran medidas de ajuste fiscal y monetario, que exigía el FMI para brindar su asistencia financiera. Esa pérdida de recursos por cobro de comisiones e intereses dejó a ese organismo en una situación financiera muy complicada. También la vigorosa recuperación económica de los países que abandonaron sus recetas ortodoxas cuestionaba en la práctica sus políticas. Quedó en el centro de las críticas por no haber previsto esas crisis, y más bien por profundizarlas. La experiencia argentina, tanto el apoyo que brindó a las políticas de los noventa como el posterior rechazo que expresó al sendero que implicó elevadas tasas de crecimiento, dejó muy incómodas a las autoridades y a su equipo técnico. De una presencia arrebatadora en los años de la crisis de la deuda y del Consenso de Washington, se desmoronó a una burocracia desprestigiada con destino incierto.

La crisis de 2008 rescató al FMI del ostracismo. En lugar de reformular la estructura financiera internacional, las potencias económicas lo rescataron para colocarlo nuevamente en el centro ordenador de paquetes de rescate y de promotor de políticas de ajuste. Los países que empezaron a padecer ese cerco financiero fueron los europeos periféricos: Grecia, Irlanda, Portugal y España. El FMI los denomina EA4 (European Area 4) exigiéndoles, junto a la Unión Europea dominada por Alemania, que a cambio de recursos para pagar sus deudas tienen que bajar el gasto público, recortar sueldos, jubilaciones, privatizar, subir impuestos y reformar el sistema de pensiones extendiendo la edad jubilatoria.

Como si no hubiera aprendido nada de las debacles latinoamericanas, con la argentina en el tope de los descalabros social y político, el Fondo reiteró el mismo programa de ajuste que sólo agudiza crisis, como se observa hoy en Grecia, Portugal, Irlanda y España. Es notable que mientras siguió implementando la receta de la ortodoxia para beneficiar a bancos y grandes grupos económicos, la tecnoburocracia del Fondo durante la gestión de DSK se presentara como reformista. A nivel discursivo y de ciertos documentos de estudios, flexibilizaron la opinión sobre la cuenta capital admitiendo que, en algunas circunstancias, es correcto aplicar en forma temporaria controles al ingreso de capitales. También señalaron tímidamente que alcanzar estabilidad en los precios no es suficiente para evitar que se produzcan desequilibrios e incluso señalan que se podrían instrumentar políticas “no ortodoxas”, como el manejo del crédito por parte de la banca central. DSK, en su discurso en la Brookings Institution poco antes de la reciente reunión del FMI, afirmó que “en definitiva el empleo y la igualdad son los pilares de la estabilidad y la prosperidad económica, de la estabilidad y de la paz política”.

Esa tibia revisión de postulados dominantes durante la hegemonía neoliberal se parece mucho a esos grupos fundamentalistas que aspiran a mejorar su imagen pública con maquillajes pero que en su esencia –que se refleja en las medidas concretas exigidas a los países en crisis– no cambia nada. El Fondo Monetario no fue –ni lo es– un factor de estabilidad en las economías apremiadas por abultadas deudas. Sus intervenciones como bombero sirven para generar un momento de calma pasajero, tiempo necesario utilizado por bancos y grandes inversores especulativos para ir rescatando sus colocaciones en deudas impagables, como hoy lo son la griega, portuguesa y española.

El gobierno socialista español de José Luis Rodríguez Zapatero ha aplicado la receta ortodoxa clásica, recibiendo el beneplácito del FMI, sin el resultado deseado pero sí previsible: aumento del desempleo, debilitamiento de la demanda, estrangulamiento financiero por la elevada deuda pública y privada y continuación del ciclo recesivo. Las masivas protestas tienen a la juventud, grupo donde casi la mitad está desempleada, como motor de la rebeldía a esas políticas que buscan sólo salvar bancos y grandes empresas. Los dirigentes políticos, griegos, lusos, españoles o de cualquier otros país en crisis, no se animan a romper con ese modelo de exclusión, que implicaría declarar el default y salir del euro, porque están atrapados de un modelo de funcionamiento dominado por el mundo de las finanzas. A la defensa de esos intereses se suma que saben que esas medidas drásticas implicarían enterrar su futuro político, y por eso prolongan la agonía con el objetivo mezquino de que sea a otro a quien le estalle la bomba. El proceso argentino también ofrece enseñanzas en ese sentido político, con Fernando de la Rúa aplicando un ajuste fiscal brutal, con Adolfo Rodríguez Saá definiendo el default y con Eduardo Duhalde implementando una megadevaluación. El recorrido político inmediato que tuvo cada uno de ellos fue la condena y el alejamiento del poder. Europa tiene más recursos e instituciones continentales de gobernanza (UE) que los que tuvo Argentina para dar un marco de contención efectivo para amortiguar ese inevitable desenlace. En esa instancia emerge la preeminencia de las finanzas globales influyendo en las decisiones de política económica de los gobiernos, con el tradicional acoso del Fondo Monetario Internacional.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz 2011 para todos!!!

La aventura del hombre
Por Juan Forn


Dice Marshall Berman que, después de la aparición de su gran ensayo Todo lo sólido se desvanece en el aire, que fue la obra de su vida y publicó a principios de los años ‘80, se fue sintiendo cada vez más arrinconado por la obligación de publicar: “Crecí con la convicción de que un libro debe surgir de las profundidades del alma de su autor y lograr convertirse en un todo orgánico. Conseguí escribir un libro así. Como no pude hacer otro libro semejante, no publiqué más. No dejé de escribir, pero nada me parecía lo suficientemente bueno como para merecer el título de libro”. De hecho, el volumen titulado Aventuras marxistas, que reúne piezas sueltas que Berman fue publicando a lo largo de su vasta trayectoria intelectual, sólo apareció después de años y años de insistencia de su fiel editor inglés. Y, para su propia sorpresa, Berman descubrió que esas piezas conformaban mensajes escritos en una botella que se había enviado a sí mismo sin saberlo, a lo largo de los años.

Nacido en el Bronx, hijo de un judío trapero devorado por la pujanza del capitalismo norteamericano, el joven Berman se internó en el marxismo para dar sentido a la muerte de su padre: “Sólo analizando su vida pude entender la mía, imaginar quién quería ser en el mundo. Con el tiempo descubrí que estudiar vidas humanas es una de las grandes cosas para las que sirve el marxismo”. La obra de Marx es, para Berman, un formidable I Ching que todo lo contiene, si uno sabe qué preguntarle (y, por supuesto, con el tiempo siempre descubrimos que el I Ching no contesta la pregunta que le hacemos sino aquella que no sabemos cómo formular). Hay quienes usan así la obra de Shakespeare, o la de Kafka. Berman eligió la de Marx, sencillamente porque “es uno de los escritores más comunicativos de la historia, alguien que presentó las ideas más complejas de la manera más intensa y dramática, y nunca escribió en lenguaje excluyente (como suelen hacer quienes escriben sobre él) sino como un hombre que habla a los hombres”.

Berman entró en Columbia gracias a una beca pública y después fue a Oxford gracias a otra beca pública, pero desarrolló toda su carrera no en esos ilustres claustros sino en el City College, “entre estudiantes que, como yo, provenían de la clase trabajadora y de las calles de Nueva York”. A lo largo de todos estos años, en sus clases y en sus textos, Berman puso a dialogar a su época con Marx y logró generar en sus alumnos y en sus lectores lo que Marx generó en él: contagiar su visión del mundo haciéndonos ver en esas palabras nuestra visión del mundo. Se ha dicho muchas veces que leer y escribir son dos facetas de una misma actividad. Berman ha escrito y dado clase así siempre: en un diálogo simultáneo con el hombre que le enseñó a leer y con aquellos a quienes se quiere dirigir con lo que escribe, “como un hombre que habla a los hombres”.

Para Berman, Marx dejó la obra más elocuente de los tiempos modernos porque sigue explicando la realidad, nuestra realidad, como pocos, o como nadie. Esa elocuencia se debe a la amplitud del objetivo de Marx (la extraordinaria esperanza que implica un mundo donde el máximo objetivo del ser humano no sea explotar a los demás, a la naturaleza y hasta a uno mismo sino superar esa explotación) pero especialmente a la intensidad con que escenificó nuestra condición (entendiendo por nuestra condición el mundo capitalista: ese mundo que le tocó vivir a Marx y también a Berman, y a todos nosotros). Aunque El Capital esté firmado con su nombre, Marx lo presentó como una empresa colectiva y, en colaboración, que surgió del trabajo de cientos y miles de personas: una asombrosa multiplicidad de voces, ilustres y anónimas, de mineros y tenderos, políticos y filósofos, que aparecen unas pocas líneas o en prolongadísimos debates con él. Hasta el más acérrimo de sus adversarios reconoce hoy que nadie entendió más a fondo el capitalismo. Incluso el hecho de que El Capital haya quedado inconcluso es una buena prueba de ello: “¿Cómo podía concluirse si el capitalismo sigue vivo?”, dice Berman.

Esto no es una boutade, sino una convicción: “La visión del mundo en su conjunto es lo más vivo y estimulante que puede transmitir un escritor a través de su obra”, dice Berman. Esa visión, que suele ser menos tangible que su política, su economía, su religión, su ideología, es, sin embargo, más profunda, porque es lo que hace que la obra de un escritor mantenga elocuencia después de que su causa política, económica, religiosa o ideológica haya ganado, perdido o se haya apagado. Y ése es el Marx que Berman nos pone delante. “El inmenso poder del mercado en las vidas íntimas de los hombres modernos nos lleva a mirar la lista de precios en busca de respuesta a preguntas que no son realmente económicas sino metafísicas: preguntas acerca de qué vale la pena, qué es honorable, incluso qué es real. Aquello para lo cual hoy buscamos desesperadamente definiciones ya fue definido hace más de un siglo por ese hombre que debió convertirse en el mayor experto en el capitalismo para que alguna vez logremos darle un desenlace.”

Nos demos cuenta o no, nuestro capital espiritual sigue teniendo en su centro lo que nos dejaron los titanes atormentados del siglo diecinueve: Beethoven, Dostoievski, Van Gogh, Nietzsche, Baudelaire, Goya y siguen las firmas. Y el motor del capitalismo sigue consistiendo en aliviar a sus creyentes de la responsabilidad de sus acciones. Todos aquellos que hoy pueblan las infinitas oficinas y negocios y fábricas y depósitos de las grandes ciudades del mundo, identificándose alegremente con los dueños del capital hasta que la empresa o el mercado decreta la obsolescencia de sus habilidades (e ignorando alegremente mientras tanto que dan o reciben órdenes de personas que son de su propia clase por la sencilla razón de que comparten su misma vulnerabilidad), tarde o temprano, con la cabeza en la almohada o frente al espejo al despertarse, sienten el mismo rumor ensordecedor que resonaba en la cabeza de Dostoievski y de Marx, de Van Gogh y de Kafka, de Baudelaire y de Nietzsche. El extraordinario mensaje en la botella que nos hace llegar Berman con sus Aventuras marxistas es que no vivimos el fin de la Historia: en todo caso, somos el último capítulo hasta que logremos crear el siguiente. Una hermosa noticia para acompañarnos en el paso del último día del año al primer día del año que viene.

martes, 28 de septiembre de 2010

Lo mismo un burro que un gran profesor...

Matemática... ¿estás ahí? (en el mundo)
Por Adrián Paenza


Todos los años, inexorablemente, hay un momento en donde los medios de comunicación entran en una suerte de estado de pánico con respecto a la matemática. Por supuesto, dura un par de días nada más y suele coincidir temporalmente con el momento en que se conocen los resultados de las estimaciones anuales sobre el nivel de la matemática en el país.

Ignoro la razón, pero en general el “lugar” de donde suelen provenir estos datos está situado en La Plata. No sé bien por qué, pero históricamente pareciera como que los problemas se concentraran allí.

Los diarios nacionales “levantan” la noticia, los programas de noticias de la mayoría de las radios azotan durante todo el día con los resultados, los noticieros de televisión amplifican todo un poco más, un montón de supuestos expertos somos consultados sobre “dígame qué pasa” o “por qué pasa”, cada uno de nosotros da una opinión que cree diferente y que puede colaborar... y ¡hasta el año que viene!

Algunos se rasgan las vestiduras un poco más. Ministros de Educación de diferentes provincias tienen reuniones con sus asistentes más cercanos, vuelan las fotocopias de los diarios reproduciendo los números del “desastre”, las convocatorias urgentes para entender el tema con los gabinetes psicopedagógicos, los asistentes más encumbrados, la “matemática moderna”, “la antigua”, las computadoras en el aula, etc., etc.

Y ni qué hablar cuando el país compite con estudiantes de otros países: pareciera como que los argentinos no supiéramos ni leer, ni escribir, ni hacer cuentas elementales. Aparecemos abrumados por “lo bien” que les va a todos los otros (países) y acurrucados en un rincón ante la comparación que siempre nos resulta adversa, aun con naciones menores, pequeñas, que parecieran enrostrarnos nuestras incapacidades.

¿Y entonces? Como esto sucede inexorablemente todos los años, quiero reproducir algunos datos que me resultaron interesantes. Quizás a usted también. Sígame por acá.

Hay un programa internacional –PISA (1)– que evalúa las capacidades de los alumnos de 30 países (2). Se inició en el año 2000 y se hace cada tres años. Primero correspondió a lectura, en 2003 a matemática y en 2006 a ciencia en general. En 2009 se repitió la experiencia con lectura y así continuará con el de matemática en el 2012, etc. El análisis de los resultados lleva alrededor de un año y medio y son consideradas las estadísticas más importantes y respetadas en el mundo. En promedio se evaluaron 275.000 (doscientos setenta y cinco mil) alumnos de entre 15 y 16 años.

Dicho esto, quiero comentar algunos de los resultados y luego la/lo invito a algunas reflexiones.

a) Hay seis países que están consistentemente entre los diez primeros: Finlandia, Canadá, Japón, Holanda, Australia y Nueva Zelanda.(3) (4)

b) De los 30 países que participaron en la evaluación sobre matemática en el año 2003, Estados Unidos apareció en el lugar 23. En 2006 ocupó el lugar 21 en ciencia y 28 en lectura y resolución de problemas en 2009.

c) Solamente el 1 por ciento de los alumnos norteamericanos entre los jóvenes de 15 años demostró que podía competir al más alto nivel, y fue superado por 27 países en todos los otros niveles que fueron evaluados.

Destaco los resultados obtenidos por los alumnos estadounidenses por dos razones: es el país más grande en número de habitantes de los que participa... y porque en la Argentina tenemos la tendencia de compararnos constantemente con todo lo que se hace allá.

Ahora pongamos la vista sobre Finlandia, el caso que más me importa compartir con usted: es un pequeño país de Europa (su superficie es de apenas el doble que la de Uruguay). Viven allí alrededor de 5.400.000 personas (vs. 3.700.000 uruguayos).

Sin embargo, no importa cuál sea el método utilizado para medir el nivel de sus estudiantes, junto con Singapur ocupan sistemáticamente los dos primeros lugares. Naturalmente, los otros países (a quienes les interesa la educación) quieren saber por qué. ¿Qué hacen los finlandeses de diferente? Acá, algunas respuestas.

a) Ser maestro en Finlandia no es un trabajo: es una profesión.

b) De acuerdo con la última encuesta nacional, no es una profesión cualquiera, sino que está entre las tres más respetadas y es la primera a la que aspira cualquier joven.

c) Para alcanzar esa posición dentro del país, el recorrido de un aspirante es equivalente al de terminar una carrera universitaria para nosotros.

d) De la misma forma que un médico necesita(ría) de una actualización constante, lo mismo sucede con los maestros allí: se los entrena y monitorea su evolución. Sus propios pares evalúan si están en condiciones de continuar en la profesión, tal como sucede en los concursos de renovación de profesores universitarios en la UBA.

e) Saber “enseñar” es una cualidad imprescindible. Y hay que demostrarlo.

Y dejé para el final lo que imagino que usted está pensando: los maestros tienen una de las profesiones mejor remuneradas en el país, equivalente a la de un ingeniero o médico.

Varios países del mundo han convocado a quienes lideran los programas tanto en Finlandia como en Singapur. Algo hacen distinto. Personalmente no creo en las evaluaciones o competencias entre alumnos para decidir nada. Pero no puedo ignorar el dato. Existe. Y no es del “aquí y ahora” sino que viene sucediendo desde hace más de una década. Lo que sí me interesa subrayar es que, tanto en Finlandia como en Singapur, la educación importa. Importa a nivel estatal, gubernamental y está instalado en la sociedad.

Y si se trata de discutir los temas para enseñar, la idea es reducir la cantidad, pero mejorar la calidad. Cambiemos la mentalidad: históricamente tratamos de cubrir un kilómetro de ancho pero con un centímetro de espesor. La propuesta es revertir esas dimensiones. En lugar de pensar en programas que cubran 50 tópicos es preferible seleccionar adecuadamente 15 y discutirlos en profundidad a lo largo del año. Y, por supuesto, convocar a la comunidad matemática esparcida en el país, para que dé su opinión pero que también tenga voto.

En todo caso, si hay algo en lo que me gustaría parecerme a Finlandia (o Singapur) es en eso: en haber detectado que la forma de trascender como país y defender nuestra independencia es a través de la educación pública, gratuita, laica y obligatoria... pero también de calidad. Y para lograrlo hace falta la voluntad política de hacer el cambio. Y para eso hace falta invertir en educación, incrementar fuertemente todos los presupuestos y elaborar un plan para los próximos cinco años en principio, con miras a revertir lo que sucede hoy en la próxima década.

Es hora de dejar de pensar siempre que es la matemática o que son los alumnos. Ninguno de los dos: la matemática que se enseña atrasa y es aburrida. No es la verdadera matemática que es plástica y creativa. Y tampoco son los alumnos los responsables de lo que nosotros hacemos con ellos. Los maestros hacen y han hecho lo que pueden y pudieron. Pero lo que otros advirtieron es que la única forma de progresar es –y lo escribo de nuevo– a través de la inversión en educación. No hay otra.

Quizás en ese momento, y espero que no sea en un futuro muy lejano, las noticias que llegan de La Plata ya no sean tan catastróficas. Eso sí: los medios tendrán que buscar con qué reemplazarlas. No creo que tengan problemas: siempre habrá alguien bailando por un sueño.

1 PISA es la sigla de un programa internacional: Programme for International Student Assessment (Programa Internacional para la Valoración del Estudiante... o algo así). Este programa lo lleva adelante la Organización para la Cooperación Económica y Desarrollo (OECD, Organization for Economic Cooperation).

2 En 2003, los países participantes en matemática fueron Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Corea del Sur, Dinamarca, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Hungría, Irlanda, Islandia, Italia, Japón, Luxemburgo, México, Noruega, Nueva Zelanda, Polonia, Portugal, República Checa, Suecia, Suiza y Turquía.

3 Singapur, que también tiene un programa de matemática de alto vuelo en todo el país, no participó.

4 El orden de los países en el año 2003 fue Finlandia, Corea del Sur, Holanda, Japón, Canadá, Bélgica, Suiza, Australia, Nueva Zelanda, República Checa, Islandia, Dinamarca, Francia, Suecia, Austria, Alemania, Irlanda, Eslovaquia, Noruega, Luxemburgo, Polonia, Hungría, España, Estados Unidos, Italia, Portugal, Grecia, Turquía, México.

lunes, 31 de mayo de 2010

Que la sigan...! (Formulación maradoniana)

El día de la escarapela
Por Eduardo Aliverti


¿Cómo se le llama a que un razonamiento pase primero por las eventuales consecuencias de un hecho y no por sus causas? En efecto: disparate.

Pues ocurrió que, no inocentemente, la mayoría de los análisis publicados y escuchados en los medios masivos, respecto de la impresionante participación popular en los festejos del Bicentenario, se centró en cuál podría ser su aprovechamiento político. ¿Sacará ganancia el Gobierno? ¿No hay una tajada que le corresponde a Macri, siendo que la reapertura del Colón también estuvo buena? ¿Acaso el resultado es neutro, porque falta más de un año para las elecciones? ¿No será que esta positiva emoción popular retornará al incordio si a Argentina le va mal en el Mundial? A esta serie y tipo de estupideces hay que agregar otras varias, que en principio pueden parecer de diferente tenor para, finalmente, responder al mismo origen. Por ejemplo, los cálculos en torno de la cantidad de asistentes. Que cientos de miles, que un millón, que dos millones, que seis millones si se suman los cuatro días, que si en la Plaza de Mayo entran 75 mil personas a cuatro apretadas por metro cuadrado tendrían que haberse amuchado en 75 manzanas para llegar recién a un millón 200 mil. Increíble. Una de las manifestaciones populares más impactantes de la historia argentina; y un coro de tontos, o algunos tontos en particular, sacando cuentas de exactitudes numéricas como si eso modificara el centro de la cuestión. Más luego, la conclusión de que esto fue, centralmente, una lección de la ciudadanía hacia “los políticos”. La gente demostró que quiere concordia, patriotismo, amabilidad, se leyó y escuchó hasta el hartazgo. Que “los políticos” aprendan de “la gente”, es el mensaje de una manga de cínicos que llegan como mucho hasta ahí en el (falso) escudriñamiento de las causas. ¿Quiénes organizaron lo que pasó, o lo que convocó? ¿Fuerza Bruta? ¿Un régisseur del Colón? ¿Fito Páez? ¿Ricardo Fort? ¿O fueron “los políticos” que se llaman Cristina Fernández, Mauricio Macri, secretarías de Cultura comandadas por “políticos”, presupuestos públicos que administran “políticos”?

Es notable que se persista en ese discurso berreta, pero de ninguna manera es asombroso. En primer lugar, porque denostar a la política es un elemento clave para el objeto de que en el imaginario colectivo se construya su reemplazo por “gerentes”. Nada novedoso: es la bajada de línea que estuvo a sus anchas durante el menemato y que, por cierto, alcanzó un éxito estimable. El retiro del Estado como articulador de las necesidades públicas, la entronización de lo privado como única eficiencia alcanzable. Cuanto más se consiga que la sociedad denigre a la política, más conquistará la derecha que sea menor el espacio dedicado a cuestionar a sus grandes patronales, a los formadores de precios, a la corrupción privada. La masividad que acompañó al Bicentenario fue una gran derrota de ese discurso, porque quedó claro que la vocación patriótica, tan resaltada por los comunicadores del establishment para despolitizar su contenido, expresó lo imperioso de un Estado fuerte que la viabilice. Y atado con eso, y como bien lo resaltaron algunas opiniones que no circularon por los grandes medios, se manifestó el divorcio entre la propagandizada “crispación” social y la alegría popular. El semiólogo Raúl Barreiros (en Página/12, el jueves pasado) lo caracterizó con una precisión envidiable: la gente le puso freno al voyeurismo, y dijo vamos allá afuera a ver qué pasa. Y lo que pasó, con objetividad, es que la prédica mediática por minimizar o regañar al acontecimiento se fue al carajo. La vergüenza de que Cristina no fuera al Colón, el pésimo ejemplo frente al mundo, la demostración de que la clase dirigente argentina no aprende más. La verdad es que a uno le sale una formulación maradoniana y habrá de evitarla para mantener la compostura, pero cómo no decir que el pueblo se hizo encima de ese amedrentamiento mediático. En lugar de que se lo relaten salió a la calle a ver qué pasaba, efectivamente, y se encontró a sí mismo en todas sus variantes. Podrá no tener mucho sentido, entre otras cosas porque es in-medible, determinar los grados de apoyo y oposición al Gobierno que se escondían entre semejante multitud. Sin embargo, salvo si se cree que esa cantidad de gente hubo de concentrarse sólo para ver recitales gratis y picar comidas regionales, de mínima aparece como verosímil que había ahí muchos, muchísimos, de quienes desde el conflicto con “el campo” –por vía del discurso hegemónico transmitido por los medios– se sentían en minoría. Y aun cuando no fuere así, es definitivamente veraz que toda esa gente venció a la mala onda, al todo negativo, a la esparcida edificación de que el país está atado con alambre. Quien haya prestado atención al modo narrativo de las coberturas periodísticas de los festejos, en cualesquiera de sus instancias, tiene que haberse dado cuenta de la falta de entusiasmo que los embargaba. Les costaba horrores admitir su sorpresa y al cabo, como resignada o hidalgamente lo hicieron casi todas las figuras opositoras, no les quedó más que la aceptación de un éxito que jamás quisieron ni previeron. Pasado ese momento, esos medios se refugiaron en calcular consecuencias porque las causas les resultan insoportables.

Noches pasadas charlábamos al aire con dos colegas acerca de cómo habrá de titularse, dentro de varios años, lo que pasó en estos días. De modo un tanto estentóreo, lo cotejábamos con el 17 de octubre del ’45 sólo por aquello de que toda la prensa respondía al interés oligárquico y, sin embargo, el pueblo cruzó la frontera, se lavó las patas en la fuente y dio vuelta la historia. Se nos ocurrió, entonces, que un título posible bien podría ser “Otros días en que la gente les ganó a los medios”. No es una visión romántica de los comportamientos populares porque, si es por eso, los argentinos tenemos en el ropero algunos muertos muy considerables, como el Mundial del ’78 o la guerra de Malvinas. Pero otras veces las masas aciertan, porque la realidad es dialéctica. En todo caso, para que el título imaginado mute de posible a probable es necesario tomar conciencia de que hay que construirlo sin descanso.

Posdata muy personalizada: cualquiera que haya recorrido y asimilado como se debe el centro festejante del Bicentenario, no puede menos que haberse conmovido por la extraordinaria participación adolescente. Participación, no acumulación fiestera. Pibes de 15, 16, 17 años, prendidos en discusiones políticas, en cánticos políticos, en referencias ideológicas. Se aflojaron las piernas cuando a minutos de las 12 del 25 estaban Los Olimareños, en el escenario del Obelisco, cantando la “Milonga del Fusilado” y “Gallo Negro Gallo Rojo”, y la multitud de gente joven, muy joven, los coreaba. Será de setentista melanco, pero se me aflojaron las piernas. Algo volvió. O algo nunca se fue del todo. Ojo. Andaremos lejos de poder decir que estamos ganando. Pero también andamos lejos de estar hechos mierda.

viernes, 21 de mayo de 2010

Dos fosas...

De la venganza
Por Mario Goloboff *


A la vista de lo que le sucedió a Prometeo, puede pensarse que en el mundo antiguo la venganza tenía, por decirlo así y de manera casi literal, piedra libre. No había límites para la furia desatada en las víctimas por un hecho que consideraban criminal. De este modo, fueron también apareciendo los grandes mitos que la representaban o la justificaban o la enaltecían, y que pocas veces la condenaban. Se entendía que era una exigencia sagrada, de donde con el tiempo surgiría la frase, un tanto percudida ya y someramente anodina, según la cual aquélla sería “el placer de los dioses”.

El mito más famoso, ciertamente, es el de Prometeo, por sus caracteres de inmediato, de completo, de cabal: satisfactoria en extremo, la venganza, aquí, no puede ser más reparadora y feroz. Sujeto y objeto de las iras de Zeus por haber robado el fuego del Olimpo a los dioses y habérselo entregado a los hombres, el héroe es desnudado, encadenado a una columna en las rocas del Cáucaso (atado a un peñasco, cuentan otros), donde todos los días un buitre le come el hígado que, para peor, todas las noches se reconstituye, y debe así padecerla interminablemente.

Entre las muy dolorosas, también está la impuesta a Tántalo, amigo íntimo de Zeus, invitado a los banquetes del Olimpo hasta el día en que, cuando la fama le había subido demasiado a la cabeza, traicionó los secretos de aquél y robó el alimento de los dioses para repartirlo entre sus amigos de abajo. Por esta y otras faltas aún mayores fue castigado a morir de hambre y de sed entre árboles frutales, fuentes y jardines. O la aplicada al pastor Bato, convertido, por la infidelidad de su palabra, claro está que en piedra o roca. También en la mitología germánica, en el inconmensurable Walhalla, las almas de los héroes caídos en combate, llevadas por las valquirias al lado de Odín, siguen disputándose por los conflictos de la Tierra y el cielo, se vengan como apasionados ejecutores de los enemigos y, de paso, sojuzgan a los infelices seres que pretenden conocer sus secretos.

Son, así, unos cuantos, me parece, los mitos que se fundan a partir del daño y el consecuente castigo y la reparación. Es que muchos de esos episodios tienen como origen una venganza o un desquite o un “me hiciste esto, te hago esto otro, que va a ser sin duda peor”, porque el hecho de que un dios no pueda anular o deshacer lo que hizo anteriormente su par, lleva, entre otras cosas, a esta abundancia en la imaginación y la fabricación permanentemente distinta de una nueva realidad. Lo cual, a su vez, deja en claro que son venganzas entre dioses (lo que podría decirse “entre dirigentes”), cuyos platos rotos pagamos los ínfimos mortales. Este género de reparación lo expuso por primera vez (¿por primera vez?) Esquilo (525-456), cuatro siglos antes de Cristo, en su terrible Prometeo encadenado y también en su Orestíada, y tamaños arquetipos vienen provocando desde entonces otros textos, siempre vivaces, siempre actuales. Se ve que algo ha de tener que ver todo esto con nuestra susceptible naturaleza humana.

La idea de justicia, en sustitución, fue apareciendo tímidamente con las religiones monoteístas. En el Pueblo de Israel la venganza se limitó muy pronto por disposiciones más prácticas: la Ley del Talión (el castigo no podía ir más allá que el daño recibido), la Ley del Asilo (por la cual había ciertos sitios en los que el delincuente podía refugiarse para evitar los vengativos abusos), la Ley de la Composición (por la cual se podía discutir una solución justa al daño hecho).

El Levítico propone normas que emanan de la palabra divina. “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo: mas amarás a tu prójimo como a ti mismo: Yo, Jehová” (19, 18). Después, el libro insiste en que la ley del amor debe extenderse también al forastero. “Y cuando el extranjero morare contigo en vuestra tierra, no le oprimiréis. /.../ Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que peregrinare entre vosotros, y ámalo como a ti mismo; porque peregrinos fuisteis en la tierra de Egipto...” (19, 3334). En fin, que los castigos por violación de la Ley eran muy duros ya en tiempos de Moisés (pena de muerte, incluida), pero aplicados menos como venganza que como expresión de justicia y de restitución de la convivencia social.

Porque, casi por definición, el espíritu de venganza es un sentimiento que no persigue ni acepta racionalidad alguna. Pedirle, por lo tanto, cálculo, frialdad, talento, es prácticamente extravagante e inútil. Por ello, también a menudo, vemos cómo actúa precipitada y ciegamente y, con su implícita y necesaria torpeza, termina malogrando los objetivos que a todas luces (tal vez, demasiadas) muestra perseguir.

Bien dicen los franceses (con frase que naturalmente no escapa a los placeres de la mesa): “La venganza es un plato que debe comerse frío”. En efecto, la excelencia de la réplica necesita del tiempo. Pero justamente el tiempo –se sabe– es lo único que en verdad mitiga el dolor del agravio. Paradójica constatación: cuando llega la hora en que la venganza puede alcanzar su más alto grado de perfeccionamiento, el deseo se ha postergado y acallado tanto que para la parte ofendida quizá ya no tenga sentido su realización.

Habría que tener en cuenta, además, el efecto que sobre la sociedad produce la satisfacción del odio, así como fue uno de los grandes motivos de placer de las masas griegas que participaban del teatro experimentando la cátharsis, una suerte de liberación o de canalización artística de las pasiones. En el paso de la tragedia griega, es decir, de la urdida y querida por los dioses, al drama shakespiriano, ocasionado por los furores de los pobres hombres, la venganza puede decirse que se “humaniza” o que se hace más “civil”, aunque no menos mortífera. Pero muestra, exhibe mejor, nuestras inconsistencias, nuestras debilidades, hasta lo desmesurado o lo ridículo de sus propósitos.

Finalmente, lejos de ser un placer de dioses, la venganza aparece como un sentimiento bajo, menor, poco noble, aun en el sentido histórico del término nobleza. Algo aristocráticamente, pero no sin convicción, suele recordarse la frase de María Antonieta a su verdugo, sobre cuyo pie acababa de pisar involuntariamente al subir al cadalso: “Discúlpeme, señor, no lo he hecho a propósito”. Excusas por un pie aplastado, guillotina y modales; sin duda gestos de superioridad social que no eximen de la más elevada, la superioridad moral.

Siempre más sutiles y más líricos, aunque no menos proféticos ni dramáticos, los chinos han acuñado largamente una frase que (toda traducción es aproximada) sostiene: “El que persigue la venganza, cava dos fosas”. Proponérsela es quizá la actividad mental más fantasiosa; visiblemente, el rencor suplanta, con sus lucubraciones, a la realidad; acaso en esta cerebración primitiva esté su verdadera satisfacción; acaso la revancha se satisfaga en su solo anhelo. Puede, en fin, que la verdadera venganza ni siquiera exista; que no sea posible, realizable ni, en el fondo, deseable practicarla. Tal vez con la justicia y la memoria alcance.

* Escritor, docente universitario.

miércoles, 14 de abril de 2010

¿Entonces, quién era? ¿Boris Karloff caracterizado?

Mordisquito!
Primer Ciclo. 5

¿Por qué hablás si no sabés? ¿De dónde sacaste esa noticia
que echás a rodar desaprensivamente, sin pensar en
lo irresponsable que sos y en el daño que podés hacer?
Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos y vos
me lo querés cambiar por el rollo en negativo del pesimismo,
el chisme, la suspicacia y la depresión. No, si yo
a vos te conozco, ¡uf, si te conozco! Vos sos, mirá, vos
sos el que no podés disponer de hechos y entonces usás
los rumores, y te acercás a mí para tirarme la manea de
unas palabras en el momento más inesperado. ¿Sabés qué
palabras, por ejemplo?: «¡La que se va a armar!»
¡Explicáte! Que tu actividad capciosa no se detenga
en el umbral de las palabras, sino que atraviese el zaguán
del prólogo y me tienda la mesa en el comedor de los
hechos… hechos y no palabras, hechos y no rumores.
Dale, servíme la cena. Poné sobre mi mesa eso que estás
anunciando, pinchálo con el tenedor de una evidencia,
cortáme el entrecote con el cuchillo de otra evidencia, ¡y
hacé que yo trague el bocado evidentemente! Porque,
hasta ahora, los rumores se fabrican aquí por quienes se
alimentan de sus propias milanesas. Porque yo a vos no
te entiendo. Vos me agarrás del brazo en la vereda, me
anunciás que se va a venir una… se va venir una… y en
vez de venir una, te vas vos, y yo me quedo en la vereda
tratando de no impresionarme, porque si yo fuera impresionable
entraría en mi casa agachado como vos,
hablando al bies como vos, y cuando los míos vinieran
a saludarme alegremente, también yo levantaría la medianera
de esas palabras sibilinas que me dijiste: «Menos alegría
y vayan preparándose… porque ¡se va a venir una!»
Pero yo vengo de vuelta, ¿sabés? Yo vengo de otras épocas
llenas de palabras, superfluamente llenas de palabras;
no había nada más que eso: barrios de palabras,
tribunas de palabras, países de palabras, y por eso no
creo en los rumores chiquitos y muchas veces miserables
con que vos querés hacerle sombra a una realidad que
está iluminándonos. ¿Por qué hablas si no sabés? ¡Entristece
pensarlo! Claro, a vos vino uno y te dijo que ayer
mataron a treinta. ¿Dónde están los que mataron? ¿Fuiste
al entierro? ¿Tomaste café en el velorio? No, vos no viste
nada, vos no sabés nada, pero como alguien te lo dijo,
vos lo repetís, y ¿quién se lo dijo a ese alguien? ¿Quién?
Ahora me explico: será el mismo que anunció, por ejemplo,
que Fulano y Mengano estaban presos. Y entonces,
vos venís y me decís, siempre agachado, siempre haciéndote
el misterioso: «¡Shhh… la cosa está brava! ¡Los
metieron presos a Fulano y Zutano!» Y si te digo que anoche
lo vi a Fulano con una rubia y que hoy almorcé casualmente
con Mengano, vos me mirás con una lástima tremenda
y me decís que es un truco. ¿Cómo un truco? ¿A
mi me la vas a contar? ¡Yo estuve con Mengano! ¿Cómo
que no? ¿Entonces, quién era? ¿Boris Karloff caracterizado?
Pero, oíme, ¿no ves en qué época estás viviendo?,
con kilos de realidades, toneladas de realidades, y entonces,
¿cómo podés mostrarte tan pequeño, tan chiquito, y
ser un cómplice más en esta carrera de posta en la que
los rumores más absurdos, cuando no cínicos, salen de
la obscuridad y quieren meterse en el pensamiento de
los crédulos? Ya sé, decís que vienen desde el exterior
contando con la colaboración de sus personeros, de los
que, desgraciadamente, muchos son argentinos. Pero ¡no
hablés tonterías! ¡Averiguá primero! Despreciá al malintencionado
que te pasa un rumor como quien te entrega
un billete falso… y no ves que si es falso, ¿cómo vas a
comprar la verdad? ¿O vos no sabías que la verdad está
en los hechos maravillosos que hoy nos rodean, y que la
mentira está en esos rumores o calumnias que vos recogiste
y amplificaste? ¿A mí me vas a contar que no sabés
que son calumnias? ¿Que creés en los rumores? ¿Que pensás
firmemente que… «se va a venir una»? ¡Fenómeno
la que se va a venir! ¡Vamos, criatura, que somos pocos
y nos conocemos mucho! ¡A mí no me la vas a contar!

martes, 23 de marzo de 2010

NUNCA MÁS

Diálogo matinal, con una ignota, en circunstancias sociales, i.e. charla de café en medio del recreo:

-No hay que hablar si no se sabe, mucha gente opina sin saber...
-Tal cual...
-Por ejemplo, lo de los militares y los subversivos (sic), hubo parte de los dos lados...
Pausa. Respiro. Respondo.
-Como bien dijiste, no hay que hablar sin saber....

El 24 de marzo, una pileta y el retorno de lo impúdico
por Ricardo Forster


Lo reprimido suele regresar de diversos y encontrados modos. A veces lo hace con virulencia y asumiendo la forma de la horadación de la legitimidad democrática. Otras se manifiesta a través de los improperios de algunos antiguos torturadores y asesinos que, mientras son juzgados por sus crímenes contra la humanidad, se permiten reivindicar sus acciones y acusar de autoritario e ilegítimo al Gobierno nacional. De vez en cuando lo hace a través de algún político prominente, como en este caso un ex presidente que se fue del gobierno en el 2003, proponiendo una sociedad en la que puedan convivir sin dificultades y en armonía aquellos que reivindican a Videla con aquellos que lo rechazan haciéndose “ingenuamente” eco de los innumerables pedidos de reconciliación propuestos por la jerarquía de la Iglesia Católica.

En otros casos mucho más pedestres, pero no por eso menos significativos, la mirada reaccionaria y brutal, en especial cuando se acerca un nuevo aniversario del 24 de marzo de 1976 –fecha signada en el almanaque argentino por el despliegue de la noche del horror–, suele provenir de personas comunes, de esas que pueblan las calles de nuestras ciudades y que algunos movileros de importantes canales de televisión o de radios suelen nombrar como “vecinos y vecinas” en contraposición con aquellos otros que vienen desde los suburbios oscuros de las barriadas populares conducidos por la lógica clientelística y piquetera.

Comentarios que se lanzan a bocajarro buscando la complicidad de quien está cerca, frases lapidarias que buscan cebarse con la memoria de los asesinados y que exculpan a los perros de la noche en nombre, vaya paradoja, de la República hoy amenazada por los “montoneros que nos gobiernan tiránicamente”. Desde algunas columnas escritas por “prestigiosos periodistas” del diario de los Mitre suele fogonearse con palabras más sutiles la proliferación de estas miradas arrasadoras y pueriles, de esas que nos recuerdan las formas más reaccionarias del medio pelo nacional.

No es casual que la proximidad de un nuevo aniversario desate lo reprimido, aquello que no se podía decir en voz alta pero que hoy, gracias a ciertos giros del sentido común, volvemos a escuchar de manera desembozada como sabiéndose protegidos por la caída de una prohibición. Escuchar, como me ocurrió hoy a mí mientras nadaba tranquilamente en una pileta de un club de Buenos Aires, a un grupo de hombres y mujeres que a la par que hacían sus ejercicios se dedicaban a expresar sin rubores ni impudicias que estábamos viviendo una suerte de “dictadura justificada por el voto de la negrada”; de un gobierno de “comunistas y montoneros” que se dedicaban a enriquecerse mientras destrozaban la economía de la gente.

Frases que se acompañaban con el recuerdo de esos “guerrilleros de café que se fueron a vivir exilios dorados en París”, porque, eso decían, “una cosa son los que murieron con las armas en la mano, ésos al menos fueron consecuentes, y otra son los que sobrevivieron y hoy están de vuelta”. Frases brutales que se exaltaban entre sí denostando a quienes habían decretado que el 24 de marzo debía ser una fecha para recordar el horror y para seguir dándole un lugar destacado y central a la memoria y contra cualquier forma de autoritarismo antidemocrático.

Esos “ingenuos” habitués de un club de clase media en el que hacen sus ejercicios no dejaron de visitar ninguno de los lugares comunes de la retórica canalla que hoy parece proliferar en ciertos ambientes. Todo se entremezclaba: la “comparación” entre la época de los militares y la nuestra (con amplio margen favorable para la primera); el recurrente y patológico argumento, que ya parecía olvidado, de que muchos de los desaparecidos en realidad se habían ido a disfrutar de una vida regalada fuera del país mientras dejaban que a “los giles” los cazaran los militares.

La afirmación de estar gobernados por quienes fueron derrotados y que hoy vuelven por la revancha mientras intentan implementar entre nosotros una suerte de “comunismo a la venezolana”. Y todo asociado, claro, a una “corrupción insoportable” y a la “soberbia de esa mujer” que no deja que vivamos en paz. Relatos del infierno que demostraban que era justa la nostalgia de “aquellos años en los que había seguridad y reinaba el orden”.

No crea el lector que me estoy inventado alguna de estas sentencias ni que estoy exagerando. Escucharlas resultaba dañino para quien no tenía otro objetivo que distender un poco el ánimo haciendo una saludable rutina en la pileta de natación. Frases oscuras, insidiosas e impúdicas que se decían sin siquiera tomarse el cuidado de no herir alguna susceptibilidad, como imaginando que todos los que estábamos en ese ambiente compartíamos la misma mirada reaccionaria. Algo así como suponer que la totalidad de la clase media es antikirchnerista y que por lo tanto disparar alguna palabra salvaje y criminal contra “el matrimonio presidencial” resulta siempre oportuno y ocurrente entre “gente como uno”.

Me sorprendió gratamente que un nadador joven que estaba compartiendo conmigo el carril se indignara ante tanta canallada. No dejó de inquietarme la constatación de una cierta impunidad capaz de decir lo que en general se solía decir en voz baja pero que ahora se pronunciaba sin pudor para que cualquiera lo escuchara. Como si algo oscuro y viscoso se hubiera liberado entre aquellos que hasta ahora habían permanecido callados o guardando sus opiniones.

El 24 de marzo es una fecha cargada de hondas significaciones; su presencia nos devuelve el mapa del horror al mismo tiempo que nos recuerda, también, las tramas de la complicidad. Su presencia entre no­sotros remueve las heridas de una sociedad que no ha logrado salir de sus malignas irradiaciones, pero también viene a poner de manifiesto que es absolutamente imprescindible sostener la relevancia clave y fundamental de la memoria vigilante, esa que no sólo se ocupa de mantener el recuerdo de lo acontecido sino que se ofrece como parte de la búsqueda, en la actualidad, de una sociedad capaz de superar su propia noche, esa que sigue habitando el habla de muchos “vecinos y vecinas” que, en los años horribles de la dictadura, pronunciaban aquellas frases ominosas y cómplices: “Por algo se los llevaron”, “Algo habrán hecho”.

Prestarle atención al retorno de lo reprimido supone estar alertas ante la naturalización de ideas y opiniones que buscan multiplicar las nuevas formas de la complicidad, esas mismas que encuentran una correlación entre la autoexaltación que los represores juzgados hacen de sus felonías criminales y cobardes y la que, desde una cierta ingenuidad, podemos escuchar una mañana de lunes en un club de Buenos Aires mientras intentamos hacer un poco de ejercicio.

lunes, 25 de enero de 2010

Columnas preotoñales...

Defensa del aguaviva

Por Juan Sasturain

Más que el bicho –que es extraordinario– me gusta la palabra. Y me suena y la propongo masculina en singular por necesidades de oreja, por marca de origen –el agua/las aguas– y porque el adjetivo acoplado llegó después, lo pegaron. Es que aguaviva, como suele suceder con los nombres de los peces, los árboles y los pájaros, es una invención popular, producto de la experiencia directa, de la impresión. Más tarde –o en paralelo– vienen los nombres científicos o las denominaciones académicas, de necesaria función clasificatoria. Lo de medusas y todo eso. Pero aguaviva, como benteveo, pensamiento, cabecita negra o bicho bolita son invencibles.

Y lo curioso, en este caso, es que la imagen que se usó para nombrar a alguien/algo con tan mala prensa no fue de connotación ominosa o negativa –existen el agua negra y la marea roja con ese sentido– ni tampoco tan positiva o piropeadora como el excesivo pejerrey. Nada de eso. La mirada, la impresión que está detrás de la palabra aguaviva –como es el caso de la nunca suficientemente recordada lombriz solitaria– es, sin duda, poética.

Tanto es así, que a principios de los sesenta, uno de los más interesantes grupos de poetas iracundos que surgieron por entonces -–Romano, Thenon, Vignati y otros– se reunieron y se expresaron a través de la revista y editorial Aguaviva, rescatando las ideas de vitalidad y virulencia. Que de eso se trata, me parece.

La referencia me lleva inevitablemente a pensar en el mosquito –palabra preciosa también–, título de otra famosa revista, satírica en este caso, que hizo roncha –con perdón del humor negrísimo– en la época de la devastadora fiebre amarilla. Es que, como bicho, el mosquito comparte con el aguaviva un común destino de víctimas de cierta inquina malediciente. Fechada y localizada, además.

Así, no sólo se los anatemiza sin matices y con mala leche (se confunde alevosamente la molestia hinchapelotas habitual con el perjuicio grave ocasional), sino que se enmascara el simple malhumor con una impostada inquietud existencial de pretensión metafísica. Se suele oír: ¿Por qué carajo existen? ¿Para qué mierda sirven? Obviamente, a estas preguntas más o menos retóricas arrojadas hacia el cielo no se las resuelve con explicaciones ecologistas o referencias cultas y equilibradas respecto de los misterios del ecosistema y otras verdades bienpensantes. Yo creo que, para entender (no necesariamente amar) a las aguasvivas y no maldecir al mosquito, hay que pensar desde otra parte. En ese sentido, acaso convendría hacer un esfuercito y ver franciscanamente a las hermanas aguasvivas y al hermano mosquito como una señal de cómo son probablemente las cosas.

Concentrémonos en la urticante especie marina. Sin duda que quien la bautizó tan poéticamente tenía, al hacerlo, una experiencia y una expectativa diferentes del mar y del hábitat del bicho (más totalizadora y ecuánime, digamos) que las que tiene el que hoy la putea desde la mera orilla y desde el puntual verano. Es el hombre constituido en pescador habitual, embarcado, que tira redes y cuela agua al azar, que la ve brillar entre otros brillos, moverse en el límite entre algo y nada a la hora de evaluar el contenido de la red, el que convive con ella, el que poéticamente la nombra. Es el hombre devenido en turista ansioso que no convive sino visita –sin aviso– sólo el borde del mar, para bañarse, quien no entiende al aguaviva y la putea.

No es su culpa, hay una moderna Ideología del Uso Compulsivo del Tiempo Libre -–la refutación doliniana del turismo es una crítica ejemplar al respecto– y una Mitología de las Vacaciones como recetas sustitutivas del Paraíso que le (nos) quitan perspectiva. Así, prolifera la histeria: ciertos informes periodísticos sobre aguasvivas y mosquitos parecieran querer operar como el puto y ominoso riesgo país. Y no es así.

Todo el tiempo sabemos que el quinto evangelista se llama Murphy. En la leve bizquera de la mujer hermosa, en el embozado grano de pimienta del salamín, en la pelota en el palo, en el fascismo de Pound, en las espinas solapadas del dorado, en la inoportuna muerte de dos de los cachorritos, en la gotera de la casa nueva, en el invencible corcho del champán sin gas que corta el clima o en el lapsus ilevantable que arruina el polvo, en todas partes está la evidencia de la imperfección necesaria, de los irreductibles detalles indeseables.

Detalles, precisamente. Hay quienes dicen o explican –porque creen o les divierte la idea– que Dios está para las grandes cosas, y que el Diablo está en los detalles. Una forma de entenderlo es que al poner la atención en los detalles le hacemos el juego al Diablo. Nos enfermamos, bah; no entendemos el juego en que andamos.

La otra posibilidad es bajarse de donde carajo nos creamos que estamos parados y nos pensemos como lo que acaso somos en nuestra propia condición humana de turistas engrupidos: detalles indeseables. Los mosquitos de Dios, las aguasvivas incomprensibles del Universo.