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jueves, 24 de marzo de 2011

35

Me acuerdo

Por Rodrigo Fresán

Me acuerdo de Me acuerdo (título original I remember), ese legendario libro de Joe Brainard homenajeado por Georges Perec en su Je me souviens y admirado por Paul Auster por el modo en que “traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos al mundo”.

Me acuerdo de que Me acuerdo –no me acuerdo en qué estante de mi biblioteca lo tengo– está construido en base a puntos y apartes y frases breves y puntos que siempre comienzan con un “Me acuerdo...”. Ejemplos: “Me acuerdo del día que dispararon a John Fitzgerald Kennedy” o “Me acuerdo de lo tonto que parece todo por la mañana”.

Me acuerdo –toda cosa que se piensa en el acto un segundo después ya es un recuerdo– de haber pensado que el “mecanismo” de Me acuerdo sería un buen recurso para escribir esto que me piden que escriba sobre el golpe, treinta y cinco años después.

Me acuerdo de que “It was thirty-five years ago today / General Videla thaught the country to pray”.

Me acuerdo de que entonces yo tenía doce años.

Me acuerdo de que yo no estaba en Buenos Aires, Argentina.

Me acuerdo de que yo estaba en Caracas, Venezuela.

Me acuerdo de que al golpe lo vi por televisión, en blanco y negro.

Me acuerdo de que alguna vez pensé que la memoria (la historia íntima) es sepia, pero la Historia pública es en blanco y negro. Y que lo sigue siendo. En el blanco y negro de los televisores de entonces.

Me acuerdo de que había un Gran Muerto y el fantasma de Esa Mujer y un Brujo y demasiados hechizados.

Me acuerdo de que se lo veía venir (al golpe) y de que se la veía caer (a Isabelita).

Me acuerdo de que Isabelita se fue volando. En helicóptero. Como si dejara su propio y privado Saigón que era, también, el de tantos otros.

Me acuerdo de pensar que el golpe (el acto en sí, el Puñetazo, la Patada) era apenas el knock-knock al que seguiría el bang-bang.

Me acuerdo de que nos llamaban por teléfono para preguntarnos “qué se dice por ahí de acá”. Me acuerdo de que los teléfonos eran una especie de Radio Caracas, de sucursal de Radio Colonia.

Me acuerdo que también nos llamaban para contarnos quién era el nuevo muerto, quién había desaparecido. Me acuerdo a la perfección de la llamada que comunicó el final de Rodolfo Walsh.

Me acuerdo de que entonces no existía Twitter y que nadie podía twittear cosas como “Acaba de parar un Falcon verde frente a la casa del vecino” o “Algo habrá hecho”.

Me acuerdo de que nosotros nos habíamos ido de Argentina un tiempo antes. Habíamos sido los casi primeros habitantes de una Caracas súbitamente intelectual y muy emigré donde día a día se iban sumando nombres y apellidos que llegaban huyendo de días nublados, de noches oscuras, de listas negras y de agendas en llamas.

Me acuerdo de que yo habitaba ese limbo entre la infancia y la adolescencia, pero que ya había tenido experiencias dignas de un cuento: paseo en un auto feo con empleados de la Triple A, padres en el calabozo, abandono de hogar dejando todo ahí dentro y abrazo de aeropuerto.

Me acuerdo de que un argentino tuvo la idea de vender en un kiosco de Sabana Grande, Caracas, revistas y diarios argentinos. Me acuerdo que, años después, alguien me contó que lo habían asesinado.

Me acuerdo de que mi padre y mis amigos compraban allí –con fruición casi masoquista– Gente y me acuerdo del primer número de Somos con Videla en la portada. Me acuerdo de que lo habían apodado La Pantera Rosa, confundiendo a un animal animado con un animado animal. Me acuerdo de que muchos salieron a la calle a aplaudirlo cuando dejó de procesar. Me acuerdo de la cara de Massera. ¿O era una máscara de Halloween? Del Chiflado N. 3 no me acuerdo mucho. Pero me acuerdo de Viola. Y cómo olvidar a Galtieri. Y me acuerdo de que muchos decían que Bignone –como Lanusse– “era bueno” o al menos “no era tan malo”.

Me acuerdo de la Iglesia argentina y... ¿De verdad tengo que acordarme de la Iglesia argentina? Señorita: me duele la panza y tengo ganas de vomitar.

Me acuerdo de que en esa misma calle de Caracas donde vendían Gente y Somos muchos argentinos salieron a festejar el Mundial ‘78 sin entender muy bien por qué lo hacían, aunque la explicación que escuché muchas veces era “Por lo menos que los de allá tengan una alegría”.

Me acuerdo de que yo, en cambio, prefería leer Skorpio y Corto Maltés y las nuevas versiones de Pif Paf y Tit-Bits.

Me acuerdo de leer una y otra vez la reedición de El eternauta buscando recordar y no olvidar allí las calles de un Buenos Aires que comenzaba a desvanecerse.

Me acuerdo de que alguien me comentó que habían matado a H. G. Oesterheld y yo recordé que, sí, al final ganaban los Ellos.

Me acuerdo de volver a Buenos Aires en el invierno de 1979 y que todo –comparado con el ensordecedor y caótico y colorido tropicalismo de Caracas– me parecía tan firme y de frente marchen y silencioso y en blanco y negro y, sobre todo, en gris.

Me acuerdo de que el silencio era salud y los argentinos eran derechos y humanos y que yo esperaba el día en que salía el nuevo número de Humor o de Súper Humor o de Hurra (y de Skorpio y Corto Maltés y las nuevas versiones de Pif Paf y Tit-Bits) como otros esperaban una victoria o, al menos, una tregua.

Me acuerdo del día que dispararon a John Winston Lennon y –qué loco– de que lo primero que pensé al enterarme fue: “Seguro que intentó robar un banco”.

Me acuerdo de haber ido al primero de muchos conciertos de Seru Giran y de, querida Alicia, cantar a los gritos las canciones apenas en código de Charly García.

Me acuerdo de la voz de Graciela Mancuso y de la risa de Hugo Guerrero Marthineitz y de las muletillas de Juan Alberto Badía.

Me acuerdo de salir corriendo por la Avenida del Libertador, a la salida de tantos Obras, para esquivar los patrulleros y los camiones que esperaban afuera con ganas de regalarnos varios bises.

Me acuerdo de leer por primera vez El hombre en el castillo de Philip K. Dick y de fantasear con que, en realidad, quién sabe, tal vez en otra dimensión...

Me acuerdo de que estábamos ganando y seguíamos ganando y que la gente donaba comida y joyas para darle de comer a los hijitos extraviados luchando por la hermanita perdida.

Me acuerdo de que por esos días –yo era clase ‘63– un tipo detrás de un mostrador me gritó “Traidor” cuando fui a renovar mi pasaporte y que, por supuesto, no me lo renovó.

Me acuerdo que después de eso –y de eso, y de eso también, y de todo lo demás también– eso se acabó como se acaban tantas cosas: nunca acabándose del todo. Siempre habrá voraces Cascarudos, enormes Gurbos, zombificados Hombres-Robot, mortales Glándulas del Terror, líricos Manos abducidos, y todo eso. La Casa nunca está en orden y el Proceso siempre va por dentro.

Me acuerdo –disculpas, por las dudas– de que siempre me olvido y de que nunca estoy del todo seguro de cómo es eso del dequeísmo y del queísmo.

Me acuerdo de que me sigo acordando.

Me acuerdo de que no me voy a olvidar.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Y en el mismo lodo, todos manoseaos...

El ocaso del progre
Por Sandra Russo


Vamos a decirle ocaso, y a evitar la palabra muerte, porque muchos de nosotros todavía, gente adulta, en la bruma del lenguaje, en su resaca, usamos la palabra “progre” para aludirnos, pensarnos o identificarnos. Pero quizá sea hora de enunciar la declinación de esa categoría sociocultural consensuada durante años para alojar en sí a la gente biempensante.

Alguna vez, allá por el 2001, escribí una nota que se llamó “Progresismo”, y que daba cuenta de que por estos rincones en los que se blande más el hábito del pensamiento que el de la acción, generalmente se tenía más tolerancia con los muy diferentes que con los muy parecidos. La diferenciación a partir de capillas, referentes o tendencias era característica. Nunca me cansaré de repetir que el que quiera internarse en esa titilante subjetividad “progre” y reírse de sí mismo y sus amigos puede leer Cómo ser buenos, del inglés Nick Hornby. Una novela en la que sus personajes son personas progres que luchan a su manera, básicamente solos, y que van derivando de lo político a lo new age. Un mundo en el que ser “progre” es adoptar un niño africano. La diferencia entre los “progres” Angelina Jolie y Sean Penn es que ella trae, “salva” a un niño africano de vivir en Africa, y deja a Africa con un niño menos para que pueda seguir siendo el continente más pobre. En cambio, Sean Penn se lleva a sí mismo a los lugares que identifica con su compasión, algo que sólo puede permitir una ideología: lleva su carpa y se muda a Haití. La categoría internacional del “progre” nos lo marca además como un fenómeno de época, de convicciones firmes, pero no obstante decidido a pelear por ellas a través de acciones individuales. Políticamente, el “progre” es atravesado por la idea de tolerancia, pero no menos por la idea de neutralidad. El compromiso con una idea es subordinarle el cuerpo. Eso requiere un abandono de la neutralidad.

El “progre” era, después de todo, el militante que ya no militaba, o la gente instruida en universidades o terciarios, gente con capital cultural, habitantes de una ciudad psi en la que nunca se sabe si tantos psicoanalistas generaron tantos neuróticos, o fue al revés.

El “progre” emergió en una época de gente aislada, le correspondió a una década cuya impronta feroz fue la antipolítica, que los “progres” no obstante siempre reivindicaron. Pero así en general, “la política” en general, todo muy sobreentendido.

En aquel momento la palabra “progre” contenía un modo de resistir en los ’90, códigos en común, desprecios compartidos, insatisfacción, revulsión, ánimo de retomar fuerzas para dar una pelea cultural, pero no una pelea política. Estábamos tan hundidos en la lógica del fin de las ideologías, que aunque defendíamos las nuestras no las conocíamos del todo. Probablemente todos los “progres” creíamos que el neoliberalismo era monstruoso y que había que devolverles a las organizaciones sociales y políticas sus derechos aplastados por los dos partidos tradicionales. Pero en cómo ir hacia los objetivos de equidad y libertad, ahora se hace evidente que había concepciones tan distintas que devinieron en esto.

Cabían en esa identidad “progre”, siempre difusa, siempre con una carga muy implícita y poco explicitada, gente que hoy no se puede ni ver. Se partieron aquellos puentes a medida que se fue instalando otro contexto, y que las cosas cambiaron tan vertiginosamente.

Hay un lugar en este proceso de descomposición del “progre” que es doloroso. Porque no es que “algunos dejaron de ser progres” y otros lo siguen siendo. Una lectura más fina indicaría que el “progre” y lo que ser “progre” implicaba ya no se ajusta a los tiempos, dice poco, es contradictorio, es blando, es vago, es apto para que por allí se cuele hasta el diputado Iglesias, aunque aun así él exagera.

No dan ganas de pelear para ver quién sigue siendo “progre” y quién capituló. Es un debate menor, otra encerrona para hablar de lo que es accesorio. Un ítem más para que los periodistas nos tiremos de las mechas, nos insultemos, nos distraigamos. Nuestras peleas son públicas, pero en el mundo privado de muchos argentinos también tiene eco este desencuentro fenomenal entre gente que hace tres o cuatro años podía hasta quererse.

Es bueno recordar que el “progre”, como identidad más social y cultural que política, se abrió paso en una época en la que la política estaba fuera de juego, aunque de eso no se hablaba. Los grandes partidos nacionales habían capitulado frente al modelo del capitalismo salvaje global, pero eso no se pasaba en limpio para las audiencias y los públicos respectivos. Así fue que el menemato, tan detestado por los “progres” que éramos tan variopintos y leídos, fue despachado en una ilusión que ahora se exhibe de una puerilidad abismal: vino la Alianza, que votamos los “progres”, desconectados de manera notable del resto de los sectores: a esto quería llegar. La identidad del “progre” es contemporánea a la del ciudadano políticamente “independiente”. Convivió con la era en la que los “independientes” eran observados, celebrados y caracterizados por los medios como los verdaderos ciudadanos.

La coincidencia entre esta irrupción del “independiente” político y el periodismo “independiente” no es azarosa. El punto culminante de esa celebración de la “gente suelta” como verdadera portadora de la ciudadanía fue aquella noche terrible de los cacerolazos del campo, la noche en la que se produjo un incidente con Luis D’Elía. Los militantes políticos o sociales eran invalidados para estar en las calles expresándose, derecho cuya legitimidad era reservada para los “independientes”.

Hoy las cosas han cambiado y lo “progre” suena a fuente de feng shui. Estos tiempos son muy específicos, más allá de nuestras voluntades. Las ideologías no habían muerto, todos tenemos una, y no se puede defenderla siendo neutral.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Ruinas circulares

Destino circular
Por Eduardo Fabregat

Es un destino circular /
que gira en el mismo lugar.
Federico Moura, 1986

A uno lo empiezan a acosar el aburrimiento, el hartazgo, la sensación de que no se puede estar machacando al lector siempre con las mismas cosas. Pero es que la realidad se empeña: ni siquiera se cumple un mes de la publicación de la columna “Controles” en estas páginas, y ya hay que volver a barajar los mismos conceptos. Sabíamos que la Buenos Aires de Mauricio Macri no estaba buena, pero además es repetitiva hasta la exasperación.

La exasperación, y la indignación. Leticia Provedo tenía 20 años. Ariana Lizarraga, 21. Según Horacio Rodríguez Larreta, el tipo que tiene que salir a dar la cara mientras su jefe disfraza de “actividad oficial” el paseo europeo con su prometida, las chicas hicieron un “mal uso de las instalaciones”, con lo que además de víctimas son responsables de su propia muerte. Porque el Gobierno de la Ciudad, según lo presenta el funcionario, hizo todo bien: Beara estaba habilitado, repitió una y otra vez. Había sido inspeccionado nueve veces, remarcó, sin darse cuenta de que esas afirmaciones son el más crudo testimonio de la ineptitud del Estado ciudadano. Alguien miró para otro lado, alguien no supo advertir el peligro de un entrepiso de durlock, alguien se llevó un billete, alguien no constató que lo que aparecía en la página de Internet del gobierno como “salón de fiestas privadas” se autodenunciaba en la misma página del boliche vendiendo entradas para eventos abiertos al público.

Y aquí estamos de vuelta, contando muertos y heridos.

“No se le puede exigir al gobierno que chequee cada ascensor de los edificios de la ciudad para ver si es correcto su funcionamiento”, dijo Marcos Peña, secretario general del Gobierno de la Ciudad, mientras en Roma su jefe pensaba los 140 caracteres de pésame a los familiares de las víctimas. Es curioso: cuando Aníbal Ibarra dijo algo muy parecido, los representantes del PRO se indignaron muchísimo y exigieron, impulsaron, el juicio político que se llevó puesto al jefe de Gobierno. En uno y otro caso, tampoco se pide tanto: no se pide que lo observen todo, quizá alcance con que alguna vez hagan bien el trabajo de controlar boliches o edificios (y ya que hablamos de ascensores, que le pongan un ojo a los del Centro Cultural San Martín, que además depende directamente del GCBA). Bueno, en tren de pedir también estaría bueno que, ante la repetición de “desastres evitables”, dejaran de lado el modus operandi de intentar lavarse el culo en público en vez de hacerse cargo de las cosas.

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Bienvenidos, entonces, al túnel del tiempo circular, que no viaja a diferentes lugares sino que vuelve una y otra vez al mismo punto. Como en enero de 2005, la luz pública vuelve a revelar tramoyas que tienen que ver con la habilitación de locales bailables “clase C”. Una de las enseñanzas de República Cromañón fue que había un esquema corrupto de inspecciones, controles y habilitaciones que debía ser desmantelado. Los actuales gobernantes cosecharon votos prometiendo que sería una de las muchas tareas que desempeñarían con eficiencia, pero seis años después el esquema parece intacto. Es la única inferencia posible ante un local que fue inspeccionado nueve veces pero se vino abajo. Los funcionarios pretenden que hubo un mal uso de las instalaciones, pero en rigor hay un mal uso de las inspecciones. Se clausuran locales porque no hay máquina de preservativos en los baños, pero permanecen abiertos los que tienen un encargado que le indica a su empleado en negro que ponga las mesas en el medio del entrepiso, para que no se junte allí la gente porque todo está atado con alambre.

Un par de semanas atrás, el gobierno anunció con pompa y boato que se les entregaban habilitaciones a veinte salas de teatro independiente. Hay al menos 130 que siguen esperando que alguien les dé pelota, que destrabe un poco la maraña legal en la que fueron enredados: será que los teatristas se resisten a transitar los caminos de la viveza criolla que conducen al permiso fácil que disfrutan otros.

(Si los mirara con ojos de inspector, ¿habilitaría el Gobierno de la Ciudad tantas escuelas al borde de la ruina edilicia?)

Con las orejas aún ardiendo por el papelón del micropogo en River, los funcionarios pretendieron tomarse revancha: el entrepiso de Beara se vino abajo por culpa de los pogueros, esos infiltrados chavistas K que saltan al grito de “Macri, basura, vos sos la dictadura”. El derrumbe en Palermo, estas dos nuevas muertes jóvenes vienen a certificar que los problemas de fondo permanecen, y el arte de la excusa también. ¿De qué sirvió la ola de clausuras que barrió con infinidad de lugares de trabajo de artistas y su entorno, si al retirarse el agua quedó la misma resaca de siempre? ¿Quién puede garantizar que hoy Cromañón no tendría “todo en regla”, de acuerdo con las reglas con las que juega esta administración? Si el túnel circular nos depositara en el 30 de diciembre de 2004, ¿no diría Rodríguez Larreta que en la discoteca de Once se hizo un “mal uso de las instalaciones”, no diría el sitio saliseguro.gob.ar que “el lugar no registra clausuras por incumplimiento de medidas de seguridad ni por haber realizado actividades sin permiso en el último año”?

Flaco consuelo: al menos en 2004 no había Twitter.

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Sí, uno se harta de machacar con las mismas cosas. Más inexplicable aún debe resultar para los familiares de Leticia y Ariana, a quienes les vendieron que esta ciudad ahora sí es segura, ahora sí vigila los lugares donde los jóvenes entretienen su tiempo, y de pronto todo se viene abajo y les dicen que estaba todo bien y que en realidad la culpa es de las pibas que se pusieron a saltar donde no se debía, y les mandan un pésame en 140 caracteres desde la bella Italia. Y todos volvemos a leer las palabras Agencia de Control, boliche clase C, inspección, habilitación, y volvemos a ver funcionarios con cara de piedra practicando el innoble arte de tirarle la pelota envenenada a otro.

Un destino circular, girando en el mismo lugar.

martes, 11 de mayo de 2010

La banalidad del mal

Tener que ver
Por Noé Jitrik


Interrogada por su hijo acerca de la muerte de su padre, la madre de Hamlet declara: “Yo no tengo nada que ver”. No importa si la frase es exactamente así ni si el torturado príncipe le cree; lo que importa, me parece, es, puesto que esa expresión es usual con el mismo sentido, por un lado la declaración de inocencia y, por el otro, la declaración de no complicidad, sobre todo esto último es lo que se destaca en la tragedia. Es claro que ambas inferencias pueden ser falsas, pero por qué tanto las dos así como su falsedad pueden surgir de unos términos que, redundantemente, no tendrían nada que ver.

Dicho de otro modo, y ya se verá que la reflexión no es trivial, “tener que ver” parecería, en una lectura literal, una frase investida de un sesgo programático, algo así como una obligación a o posibilidad de, precisamente, ver algo, como si un sujeto A le dijera a un sujeto B, hablando de una película por ejemplo, “tienes que verla”. ¿Por qué, por lo tanto, esa tremenda torcedura semántica que lleva a esta frase, muy corriente y que en sí misma carece de relieve, a expresar situaciones tan graves como la responsabilidad, la complicidad o la falsedad?

Las declaraciones del tipo “no tengo nada que ver” abundan en los expedientes judiciales y es muy probable que la mayor parte de ellos sea del tipo “mamá de Hamlet”, o sea alegación de inocencia, y poco se podría decir sobre ello porque se comprenden de suyo y ni siquiera implican grandes desafíos para los interrogadores; divertido es el “no tengo nada que ver” del amante sorprendido en flagrante operación, es un sí recriminatorio de quien lo sorprende, es un no que alega inocencia del sorprendido.

Más interesantes son las que tienen relieve histórico; una famosa es la que se desprende de los argumentos que esgrimió Adolf Eichmann –no fue el único– cuando lo juzgaban por el papel que había desempeñado en los peores momentos del nazismo; debe haber dicho –si no es así literalmente lo es en su contenido, él no está para refutarme ni corregirme– algo como esto: “Yo me limité a despachar trenes, no tuve nada que ver con lo que pudo haber pasado con los pasajeros”. Hannah Arendt interpretó esta salida dándole una designación que tuvo mucha fortuna, “la banalidad del mal” enunció, expresión muy acertada –pese a que la palabra “banalidad” es un barbarismo– pues indica que el “no tener nada que ver” va más allá del sentimiento de culpa que, ya se sabe, es un subproducto de la responsabilidad.

El ejemplo es fuerte porque muestra la magnitud de un desentendimiento acerca de algún suceso que por su índole no podía dejar indiferente a nadie. ¿Qué pasa entonces con aquellos a quienes ese suceso deja indiferentes? El ghetto de Varsovia para los polacos decentes, las desapariciones argentinas para los buenos vecinos de una ciudad en la que, como había escrito Luisa Valenzuela, “pasaban cosas raras”, mucha gente “no tenía nada que ver”, algunos jactándose de ello, otros ocultando los alcances de ese escudo protector, otros, por fin, empleando la expresión a sabiendas de que “tenían algo que ver”.

O que mirar. Un gesto característico del “nada que ver” es el mirar al costado cuando se debería mirar al frente. Fuerte inclinación de cabeza, fuerte torsión de las caderas, súbito apagamiento de la sensibilidad, poner cara de “¿a mí?”. A veces, en ciertas sociedades, en determinados momentos, esos movimientos de fuga son más fuertes, y hasta cierto punto explicables aunque, va de suyo, las explicaciones suelen ser insatisfactorias cuando ya no hay razón para no tener que ver: durante las dictaduras la razón es el temor no a enterarse, porque las cosas “raras” están ahí, sino a arriesgar la vida sólo por enterarse y ser por lo tanto pasibles de un “tener que ver” que podría acarrear consecuencias similares a las que afectan a aquellos con quienes “no se tiene nada que ver”; cosas se han visto en ese sentido, estar en una libreta de direcciones de un guerrillero preso, haber tenido gestos que podían ser vistos como sospechosos, encontrarse, sin pensarlo, con un viejo amigo sin saber “en qué andaba”, etcétera. Y, junto a esa táctica, otra que se consagró y pasó a la historia, “lavarse las manos”, cuando un tal Pilatos lo hizo en el preciso momento en que se mandaba al sacrificio a un oscuro predicador, de los tantos que pululaban en un momento de delirios místicos, pensando, quizá, que su higiene manual no tendría mayores consecuencias, en lo cual se equivocó en toda la línea, como es público y tan notorio que la frase logró carta de ciudadanía y todavía sigue provocando arrebatos místicos en las sacristías o, si esto parece poco, en algunas de las bellísimas cantatas de Juan Sebastián Bach.

La abundancia en el uso de estas frases es abrumadora, tanto en la vida ordinaria como en lo social. En este campo los burócratas son especialistas, usan la frase para evitar responsabilidades, trabajo, lo que sea, pero no se comparan con el arte que despliegan muchos políticos que, por norma general, nunca tienen nada que ver cuando son interrogados. Pero la expresión no está sola; una que la acompaña es “Yo no he visto nada”, muy usual en quienes experimentan una profunda repugnancia a ser testigos de tiempo completo, sobre todo cuando han visto algo.

Tal vez haya otras muchas variantes de esta singular metáfora óptica; las indicadas sirven para acercarse al tema o a esta clase de declaraciones porque permiten explicar(se) el malestar que provocan en quienes no vacilan en “tener que ver”. Estos, impregnados de viejas pero siempre acuciantes ideas de “compromiso”, experimentan una fuerte sensación de incomodidad cuando escuchan tales formulaciones, les parece intolerable que haya quienes lo eluden refugiándose impunemente en el supuesto valor que residiría en una mecánica de la percepción: el que “no tiene nada que ver” parece estar expresando no sólo un subjetivismo radical, el viejo “esse est percipi”, algo así como por qué me exigen que me haga cargo de lo que no he visto que, porque no lo he visto, seguramente no existe, sino también un desafío jurídico: “Pruébenme que yo he tenido algo que ver”. Y, un paso más adelante, “Pruébenme que eso que tendría que haber visto es algo real y aberrante o terrible o condenable”. ¿No será ése el tenor de la obstinación del obispo Williamson cuando sostiene que el nazismo no tuvo nada que ver con los hornos crematorios que, por otra parte, vaya uno, él, a saber si existieron?

De ahí, otro coletazo acerca de este particular tener y ver. Para el que sostiene que no tiene nada que ver, por ejemplo con el exterminio nazi –seis millones– o soviético –varios millones, no sé cuántos– o, para no ir tan lejos, con la más modesta dictadura argentina del ’76 al ’83 –sólo treinta mil, más o menos– habría que probarle, ante todo, que eliminar judíos y otros especímenes degradados era en sí mismo un mal, lo mismo que los trotskistas rusos o los guerrilleros argentinos; después, que si esa sana idea se ejecutó o no no le consta y, por último, por qué tenía que darse por enterado cuando tenía que ocuparse de sus propios y apremiantes asuntos.

Pareciera que el tema sólo concierne a individuos particulares, o sea que es del ámbito privado y personal, en una oposición entre el concepto de compromiso y la actitud de prescindencia; seguramente también lo es público, tanto que es más que probable que guíe políticas de Estado y que, propuesto como modo de interpretar conflictos, permita entender a qué se dirigen unas u otras. Así, una política distributiva tiene que ver con lo que falta o, mejor dicho, mira y ve; una política libremercadista, en cambio, no tiene nada que ver con lo que falta, salvo clientes, con los que quiere tener que ver y a los que mira y ve.

Un modo, pues, de interpretar o de juzgar actitudes o comportamientos que, en la presentación precedente parecen directos y nítidos: quien pretende que no tiene nada que ver lo dice y quien entiende que tiene que ver lo declara; aquél huye de todo juicio, éste lo asume y no hay demasiadas dudas, habiendo o no comprensión de una u otra actitud. Pero hay una variante nada desdeñable en el comercio declarativo, la de aquellos que dicen que tienen que ver pero que consiguen echar cortinas de humo de modo tal que, en realidad, terminan por tener todas las ventajas del no tener que ver. Balanceo muy parecido a la hipocresía como la de aquellos que, no nos es desconocido, declaran que simpatizan mucho con los pobres, que casi no tienen para comer, o sea que ven lo que tienen que ver, y al mismo tiempo tiran productos a las acequias para que no baje el precio respecto de lo cual proclaman que no tienen nada que ver.