miércoles, 11 de agosto de 2010

Soja sí, soja no?

Carta abierta a Grobocopatel: soja sí o soja no
Por Mempo Giardinelli

Estimado Gustavo,
Ante todo, gracias por enviarme la nota que publicaste en Clarín el 5 de agosto; no la había leído porque soy lector habitual de La Nación y Página/12. Otra aclaración: no integro el colectivo Carta Abierta y el título de esta nota responde a un estilo de artículos que escribo desde hace años.

Lo hago ahora porque siento respeto por tu inteligencia y guardo hacia vos una simpatía personal basada en el hecho de que hace años cantábamos con la misma, querida maestra, y en el común origen de nuestras familias, pues mi madre era de Carlos Casares, donde yo pasé muchos veranos en mi infancia. Siento, por ello, una cercanía de la que hablamos la última, en el Ministerio de Educación, y que ahora me autoriza, dado tu envío, a discutir algunos conceptos de tu nota.

No soy experto en soja, ni en agro ni en nada. Declaro mi ignorancia de antemano, y acepto que vos sí sos un experto. Pero también un dirigente con fuertes intereses, que te hacen mirar las cosas desde un ángulo que también respeto, pero al que cuestiono por todo lo que, sin ser experto, puedo ver con mis ojos y con el corazón.

Las oportunidades económicas que mencionás en tu artículo podrían ser incluso compartibles, pero si muchos decimos que la soja es mala para la Argentina es porque vemos los daños que ha producido y produce: bosques arrasados; fauna y flora originarias destruidas; quemazones irresponsables de maderas preciosas; plantaciones desarrolladas a fuerza de glifosatos, round-up y otras marcas que parecen de Coca-Cola pero venenosa. Yo recorro el Chaco permanentemente y viajo por los caminos de las provincias del NEA y el NOA: Santiago del Estero, Santa Fe, Corrientes, Formosa, Misiones, Salta, Jujuy, y veo los “daños colaterales”, digamos, que produce la soja: agricultura sin campesinos; cada vez menos vacas en los campos; una industrialización completamente desalmada (eso digo: sin alma) y el incesante, inocultable daño a nuestras aguas.

Esto no es una denuncia más, Gustavo, y no es infundada: la modesta fundación que presido ayuda a algunas escuelitas del Impenetrable y en una de ellas hice tomar muestras del agua de pozo que bebe una treintena de chicos. El análisis, realizado por trabajadores de la empresa provincial del agua, mostró que el arsénico es 70 veces superior a lo humanamente admisible. Siete y cero, Gustavo, 70 veces. Lo traen las napas subterráneas de los campos sojeros de alrededor. Hace veinte años esa agua era pura.

Como no sé quién es el exacto responsable de este horror, entonces digo que es la soja. Porque en los viejos campos de algodón, tabaco, girasol o trigo que había en el Chaco trabajaban familias enteras para cultivar cada hectárea. Pero ahora un solo tractorista puede con 300 o 400 hectáreas de campo sojero y eso se traduce en la desocupación a mansalva y el amontonamiento de nuevos indigentes en las periferias de las ciudades de provincia. A esto lo ve cualquiera en las afueras de Resistencia, Santa Fe, Rosario y muchas ciudades más.

Aun admitiendo por un momento que quizás no sea la soja específicamente la responsable, hay una agricultura industrial –tu artículo elogia su presente y sus posibilidades– que es la que está cometiendo otros crímenes ambientales. Ahí está, como ejemplo, la represa que intereses arroceros –al parecer dirigidos por un tal Sr. Aranda, del Grupo Clarín– están haciendo o queriendo hacer en el Arroyo Ayuí, en Corrientes. Esa represa va a cubrir unas 14.000 hectáreas de bosques naturales, va a tapar uno de los ríos más hermosos del país con un ecosistema hasta ahora virgen, y, lo peor, va a contaminar todo el acuífero de los Esteros del Iberá con pesticidas y químicos para producir arroz, soja o lo que China necesite.

¿Se entiende este punto de vista, Gustavo? Yo entiendo el tuyo y comparto que nuestro país “necesita una estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” dado que estamos frente a una extraordinaria oportunidad. De acuerdo en eso. Pero no a cualquier precio. No si nos va a dejar un país ambientalmente arrasado. Nos vamos a quedar sin pampa, sin sabanas donde pacer el ganado, sin el agua potable que es el tesoro mayor que tiene el subsuelo argentino y que ya, también, destruye una minería descontrolada.

Tu nota subraya “la oportunidad que tenemos”, pero ¿qué desarrollo y qué sustentabilidad tendrán las futuras generaciones de argentinos sobre un territorio desertificado en enormes extensiones, un subsuelo glifosatizado y con las aguas contaminadas con cianuro, arsénico y una larga lista de químicos letales que ya es pública y –sobre todo– notoria?

Tampoco es cierto que “los beneficios están presentes en el conjunto de la sociedad”, porque si así fuera y con las gigantescas facturaciones sojeras no tendríamos las desigualdades que tenemos. Que no son sola culpa del Gobierno, la corrupción o los políticos. Son el resultado de una voracidad rural que a estas alturas está siendo, por lo menos, obscena.

Como bien decís, el desacuerdo no puede reducirse a soja sí o soja no. Eso sería, en efecto, “empequeñecer el horizonte”. Pero entonces gente sensible como vos –y me consta tu sensibilidad y creo que no pertenecés a la clase de neoempresarios argentinos que no ven más allá de su cuenta bancaria y son incapaces de tener más ideas que las que les dictan los economistas que les sacan la plata– gente como vos, digo, debería hacer docencia para que tengamos, si ello es posible, grandes producciones de soja pero no a cualquier precio.

Soja sí, entonces, pero no si se descuidan el medio ambiente y el agua. No sin desarrollar alternativas verdaderas para los miles de campesinos que han sido y están siendo expulsados de sus tierras de modos brutales o sutiles. No si los sojeros siguen eludiendo impuestos y negreando a sus empleados. No si las grandes empresas semilleras o herbicidas siguen comprando medios y periodistas para que mientan a cambio de publicidad.

No todo es soja sí o soja no, de acuerdo. Pero tampoco la declaración de idealismo e inocencia que se lee en tu artículo.

Si querés lo seguimos discutiendo. Vos sos un experto. Yo apenas un intelectual. Capaz que enhebramos buenas ideas para el país que amamos.

Un cordial saludo.

jueves, 5 de agosto de 2010

La soja y el tango? Lo qué?!

Yuyo verde
Por Fernando D´addario


De tu país ya no se vuelve
ni con el yuyo verde
del perdón.

“Yuyo verde.” Tango de Homero Expósito
y Domingo Federico (1944)

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Mauricio Macri tiene una rara habilidad para lanzar frases con destino de slogan: no van a pasar a la posteridad por su profundidad filosófica, eso es seguro, pero garantizan un fuerte impacto publicitario. Como toda propaganda destinada al mercado, estas frases tienen una primera lectura simpática, ingenua si se quiere, y un efecto subliminal sujeto a diversas interpretaciones. El martes al mediodía el procesado jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires irrumpió en la presentación del Festival de Tango y con aire de no tener mucha idea del lugar donde estaba, tiró: “El tango es la soja de Buenos Aires”. Proponemos, entonces, posibles lecturas para semejante hallazgo de la comunicación cultural, digno de la inteligencia de Durán Barba.

- A Macri se le escapó una frase poco feliz, habida cuenta del contexto: se olvidó de que no estaba hablando en un foro de gerentes de empresas turísticas, sino en un encuentro de protocolo cultural y artístico. Debió haber disimulado un poco, hacer de cuenta que alguna vez escuchó un tango. Quizás hasta podría haber criticado al gobierno nacional citando la letra de “Cambalache”, pero lo primero que le vino a la mente fue la soja, tan conmocionado quedó de su reciente visita a la Rural.

- A Mauricio, en rigor, no se le escapó nada. En su mapa ideológico, el tango y la soja ocupan el mismo y único lugar: el de los negocios. Sólo tienen valor de exportación y a la hora de establecer políticas públicas se los debe considerar exclusivamente como bienes de cambio. Ni se le cruza por la cabeza que Juan Carlos Copes, además de generar con sus shows un ingreso de divisas para la ciudad, es un buen bailarín.

- El jefe de Gobierno considera que la soja es un patrimonio cultural de todos los argentinos y como tal hay que protegerla de la barbarie populista. Envalentonado por su reciente luna de miel con la Sociedad Rural, se convenció de que la bendita oleaginosa es consustancial a la argentinidad, del mismo modo que el tango expresa, de un modo inmutable, el más sagrado de los símbolos porteños.

- En un súbito cambio estratégico, en realidad el líder PRO le quiso pegar al campo. Con pocas palabras les hizo saber a los dirigentes rurales que son unos tangueros recalcitrantes. Es decir: que hoy ya no representan a nadie; que viven de la gloria de un pasado remoto; que son conservadores y fundamentalistas; que se la pasan llorando; que viven para los extranjeros y se olvidaron de los argentinos. Y que se sienten campeones y autosuficientes pero a la primera de cambio le van a pedir protección al Estado. Unos añoran a Gardel y otros a Martínez de Hoz pero, en el fondo, se parecen.

- El ex presidente de Boca emitió en realidad un alerta para la industria cultural del tango: así como la soja brinda hoy ganancias millonarias pero promete arruinar la tierra en un futuro cercano, el tango for export llena los bolsillos de los dueños de las tanguerías, pero está preparando un terreno de esterilidad creativa para el género, en tanto homogeniza la oferta artístico/turística. Macri, finalmente, se asustó de la postal que le mostraba un doble juego de imágenes: un país que produce únicamente soja; una orquesta que sólo sabe tocar “La cumparsita”.

lunes, 26 de julio de 2010

Homenaje

Mordisquito!
XXXVI
Sobre el voto femenino...

¿Y por qué no? ¡Vos dirás que no, pero los hechos están
diciendo que sí! ¿Y por qué las mujeres no podían intervenir
como nosotros, no en la politiquería del enjuague
sino en la política de un país que se salva y de una nacionalidad
que vuelve a hacer pie? La vida sigue, pero todo
evoluciona, Mordisquito. Si hasta el dolor y el amor evolucionan.
No podemos aferrarnos a las viejas costumbres
y a los viejos defectos con la terca perseverancia del
gato de la casa que está en ruinas… ¡y sigue metido en
las ruinas! ¡Y no, ahora las cosas han cambiado, ahora
las mujeres tienen tanta dignidad cívica como los hombres!
¡Y claro! ¿Por qué no iban a tenerla? Revisá la historia,
Mordisquito, y a la sombra del héroe encontrarás
siempre el impulso y la fortaleza que nacían en la mujer
querida. ¡Tantas hubo y tantas conocés! Claro que entonces
el mundo avanzaba de una manera más cautelosa, el
progreso no volteaba ese montón de barreras sin sentido
y la función femenina era simplemente tutelar: tender la
mesa, preparar el ladrillo caliente envuelto en la pañoleta
o hervir la manteca en el vino para cortar un resfrío.
Función irreemplazable, imagináte, la función doméstica
y reposada de tu madre o de la mía, mujeres sencillas
que actuaron sencillamente en la época de la sencillez.
Pero hemos evolucionado, Mordisquito. Si aceptaste que
la mujer saliera a la calle para ponerle el hombro a tu
iniciativa y para trabajar con vos y como vos; si aceptaste
el esfuerzo, al mismo tiempo heroico y risueño, de
la mujer trabajadora, y consideraste su actitud como un
deber, ¿por qué al que cumple un deber le vas a negar un
derecho? ¡Y no, no se lo podés negar! ¿O qué querías?
¿Que la mujer fuese igual a vos en el momento de la fatiga
y que fuera menos que vos en el instante de la recompensa?
¡Y no! Mirá: desde hace muchos años —digamos
treinta, cuarenta—, la magnífica mujer argentina, las nietas
de aquellas abuelas criollas que ayudaron a escribir
la historia, tu mujer o tu hermana, tenían pleno derecho
a intervenir en los destinos del país, estaban capacitadas
para disfrutar los instantes felices de una patria o para
mejorar los instantes complicados. Y recién ahora la inteligencia
y el cariño con que te construyen esta Argentina
nueva dignifican a la mujer y la colocan para siempre en
el plano de los protagonistas; y está bien. Así debe ser,
¡porque no podemos vivir absurdamente en la casa estropeada
y vacía! Pensá, Mordisquito, en el fervor tremendo
que las mujeres han demostrado en los últimos años de
reconquista apasionada. Pensá en las obras enormes que
una sola mujer ha hecho para tu patria. Y frente a esas
obras monumentales, ¿es posible que no comprendas
todavía qué derechos les asisten a las compañeras de tu
nacionalidad? ¡Y no! ¡A mí no me podés contar que no
lo comprendés! Dejá el pasado. Ya está en la percha, colgado
junto a un montón de desencantos. Pero pensá que
si ahora las mujeres se lanzan alegremente, lealmente, a
la función cívica es porque hay una nueva fuerza que las
empuja, ¡y vos no podés mantenerte al margen de estas
verdades que te digo, y que te las digo porque me las enseñaron
ellas con su ejemplo claro y valeroso! Vamos,
Mordisquito, dejá que el gato se pasee maullando sobre
los escombros y entrá valientemente en esta época llena
de momentos flamantes, de justicia y de claridad. ¿O preferís
el oscuro afecto de la casa en ruinas? ¿No es muy
literario eso? ¡Vamos, no me digás que preferís ponerle
las espaldas al techo que se te cae encima, y así vencido,
así inclinado, protestar contra el desfile de las mujeres
victoriosas! ¡No, qué vas a preferir! ¡A mí no me la vas
a contar!

domingo, 18 de julio de 2010

Parte de la berretada

Capusotto dixit:

“Estoy corrido y, de hecho, suelo mirar las estructuras de poder con cierta desconfianza. Pero me parece que el kirchnerismo es una construcción interesante, cuando lo que se coloca enfrente como oposición con proyección de poder me resulta una construcción desechable, no algo interesante a discutir. No salgo con una bandera, pero soy kirchnerista con respecto a Elisa Carrió o a Mariano Grondona. De alguna manera, el peronismo ha interpelado a enemigos ideológicos que uno tiene. Son como los ‘anti Maradona’. Uno empieza a ver quiénes son y se hace maradoniano, porque el antimaradoniano suele ser un ser execrable cuya finalidad es atacar a Maradona nada más que para ser un personaje que llena un poquito su nada. El problema es que ni siquiera hay cuadros de derecha a respetar. En realidad, están en los medios para exacerbar a cierto sector progresista a partir de un personaje berreta que hacen, pero no tienen nada para debatir, no son nada. Solamente son personajitos efectistas en una obra de teatro. Es parte de la berretada.”

sábado, 17 de julio de 2010

Que no salga de acá...

La ostra cerrada
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn


Los diarios alemanes informaron a página entera sobre la ley que acaba de aprobar el Parlamento argentino sobre el matrimonio de personas del mismo sexo. Bueno, por lo menos ya no dedican ese tamaño importante, como antes, sólo cuando se producían dictaduras militares en nuestro país o cuando habla Maradona. Ahora fue en algo muy serio y de gran responsabilidad ética y política. El Frankfurter Zeitung titula: “Argentina permite –como primer país latinoamericano– el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y el General Anzeiger, de Bonn, lo titula –con ironía– con un término de la Iglesia Católica argentina: “Un proyecto demoníaco”, y aclara: “Argentina permite, contra la dura protesta de la Iglesia Católica, el casamiento de personas del mismo sexo”. En la crónica detalla la furiosa oposición de la Iglesia Católica contra esa ley. Justo en este momento, cuando la Iglesia Católica ha quedado en una posición ética muy difícil, al difundirse los casos de pedofilia de sus sacerdotes y monjes en escuelas y establecimientos educacionales con menores de edad.

Aquí, en Alemania, los medios les han dado un lugar de privilegio a todos esos casos y a los que van quedando en descubierto en todos los países donde el credo católico es mayoría. Y lo hemos visto, hasta el Vaticano ha tenido que reaccionar ante tantas denuncias comprobadas, en las que han caído hasta obispos. Justamente, como segunda noticia en la misma página que trae ese triunfo de la racionalidad y la libertad en Argentina, el Vaticano anunció la elevación de penas en el Derecho Eclesiástico a todo aquel que cometa delitos de pedofilia y abuso de enfermos mentales. (Pero aprovecha la ocasión y también incluye “a todos aquellos clérigos que consagran como sacerdote a una mujer, a quienes también se los excomulgará”. Como se ve, no pueden con sus discriminaciones, en lo que a la mujer atañe.)

¿Y por qué esto? Porque ya se escuchan muchas voces dentro de la Iglesia Católica que piden, como primera medida para acabar con los delitos sexuales de pedofilia y otros de violaciones que se han producido, terminar con algo tan discriminante como exigir la castidad a todos los sacerdotes y monjes.

Esto se puede comprobar en la actualidad: la Iglesia Protestante alemana –que tiene un parecido número de sacerdotes (pastores) que la Iglesia Católica– no ha tenido ni la quinta parte de casos de pedofilia en sus líneas de las que han tenido hasta ahora, y según las últimas investigaciones, los católicos. Es porque los religiosos protestantes pueden casarse y la mujer puede ejercer también el papel del sacerdocio y ocupar las más altas jerarquías. Por ejemplo, hoy mismo acaba de renunciar la primera obispa protestante, María Jepsen, porque se la ha acusado de no haber actuado con severidad ante denuncias contra un pastor de su iglesia. Una actitud que muestra su sentido del honor y la responsabilidad.

Al contrario de lo que ocurre en la Iglesia Católica, ya que en vez de comenzar con el gran debate que cada vez más se está originando entre los católicos en cuanto a la llamada “castidad” y a la discriminación de la mujer, lo que ha hecho el Vaticano fue aumentar las penas de castigo a los curas pecadores. Como si en los países donde impera la pena de muerte hubiera menos crímenes que en aquellos en que se ha desterrado para siempre esa pena irracional.

Debemos reconocerle a la sociedad alemana que ya hace tiempo ha terminado con la discriminación de los homosexuales. Se nota en los cargos políticos. Actualmente, por ejemplo, el Dr. Westerwelle, viceprimer ministro del gobierno nacional, es un declarado homosexual; lo mismo que los gobernadores de Hamburgo y Berlín, que nunca lo ocultaron. Los que los votaron –en este caso, las mayorías de esas dos grandes ciudades– no vieron ningún impedimento en que ellos pertenecieran al llamado “tercer sexo”. Es que negarlo es caer en una discriminación ante lo natural, caer en la irracionalidad de verlos hijos del diablo o del pecado, o santiguarse cuando se sostiene que tal persona es o no es. Hay que reconocer que la naturaleza los hizo así, son plenos hijos de la naturaleza y hay que aceptarlos como miembros igualitarios de la sociedad. Pero está claro que pese a su actitud, la jerarquía del Vaticano se ve venir tiempos de mucho debate. Aquí ya se ha iniciado. Y sorprende que intelectuales siempre subordinados a la disciplina católica hayan salido en los últimos tiempos a tomar como tema de polémica ese lado oscuro del catolicismo. Por ejemplo, el intelectual del Partido Conservador Demócrata Cristiano, quien fue dos veces ministro para la Ciencia y el Arte, y presidente del Comité Central de los Católicos Alemanes, Hans Joachim Meyer, acaba de sostener públicamente: “Los casos de pedofilia de sacerdotes y monjes en escuelas católicas es algo muy terrible. Yo siento –como todo católico que cree en su religión– que es la consecuencia de la falta de transparencia en las decisiones de la Iglesia. El primer caso ya tendría que haber servido de alerta para debatir y tomar las medidas adecuadas. En el nombramiento de puestos clave existe falta de visión y arbitrariedad, tanto en los obispados como en Roma. Los sucesos nos demuestran con toda claridad que es necesario proceder a reformas. Y en especial a todas aquellas reformas que ya comenzaron a debatirse en al Segundo Concilio Vaticano. Por ejemplo, los laicos tienen que intervenir en la designación de los obispos. Porque la Iglesia vive en la comunidad y en el mundo, al mismo tiempo. El celibato para todo el clero debe terminar. La Iglesia puede caer para siempre porque ya no está cumpliendo con su misión pastoral. Sobre ese aspecto no se puede tomar una medida general para todos. Lo mismo que la posición de la Iglesia ante la mujer. Eliminarlas de todos los cargos espirituales no es nada tranquilizador. Se sigue un falso camino si no comienza a discutirse el tema. Ya esto no lo puede ignorar, porque siempre estará presente”.

Sí, es que ya hasta la mujer católica está reaccionando contra esa política de negarla totalmente y seguir con la leyenda de la Virgen María, Madre de Dios. Virgen y Madre. ¿Por qué? ¿Acaso la unión de los cuerpos no es algo natural y bello más aún cuando a esos cuerpos los une el amor?

Pero se sigue con la discriminación y las medidas del Medioevo. Acaba de producirse un hecho que causó indignación pública: el médico director del Hospital Católico de Dusseldorf fue despedido porque se casó por segunda vez. El médico inició un juicio y la Justicia lo repuso en el cargo. En las directivas del hospital está también que será despedido todo aquel profesional que participe de un aborto. Los comentarios están de más.

El pronto reemplazo por el Papa del obispo de Augsburg, Mixa –acusado de golpear a niños de un internado de huérfanos y de otros casos de pedofilia– por un nuevo obispo, Konrad Zdarsa, dice a las claras que no pueden mantenerse situaciones que antes se podían esconder. Lo mismo que lo ocurrido en el internado del convento de Ettal y en otros colegios católicos. En todos sus discursos, los obispos dejaron en claro que reconocían los delitos cometidos pero hasta ahora la frase más pronunciada por ellos es: “Hay que volver a comenzar”. No, tal vez lo único que les sirva es pensar esto: “Tenemos que aprender de lo sucedido para que todo esto no vuelva a suceder”.

De cualquier manera, la sociedad ha sabido reaccionar. Y destaca la decisión de la asociación de periodistas alemanes, Netzwerk Recherche, que todos los años entrega un premio llamado la “Ostra cerrada” a los que han callado ante los hechos y mostrado su desprecio por la opinión pública, de otorgar ese premio negativo nada menos que a la Iglesia Católica. En la lectura de la “laudatio”, el periodista orador recordó la figura de San Francisco de Sales quien, para denunciar cómo el calvinismo había sometido a su región, salió a la calle y comenzó a publicar en papel los hechos sin tener miedo a la reacción. Siempre con la verdad y también con la autocrítica. Finalmente, San Francisco de Sales triunfó y el pueblo volvió a su antigua religión. Y añadió el periodista: “San Francisco de Sales hizo lo que la Iglesia Católica no hace más: él sostuvo la verdad, él empleó el idioma propio del pueblo para ser escuchado y creído, cosa que la Iglesia Católica actual no usa más. Una comunidad que vive de la palabra como pocas guarda silencio cuando se habla de sexualidad. La discusión acerca del celibato, junto a la sexualidad de los sacerdotes, es tabú para la Iglesia Católica. También todo lo que atañe a la anticoncepción y protección de la mujer. Cuando existen tantos tabúes quiere decir que ya no existe la verdad, no interesa la verdad”.

En ese discurso –que fue transmitido por los medios– agregó el representante de los periodistas alemanes: “La Iglesia no fue la autora de los abusos sexuales. Pero ella fue y es el refugio de los que cometieron el delito. Ella puso a disposición de ellos los santos lugares en los cuales pudieron actuar sintiéndose tan protegidos y donde las víctimas estuvieron totalmente desprotegidas. Son muchos los eclesiásticos que han sido descubiertos en la impudicia pero, ante todos los hechos, la Iglesia miró hacia otro lado. Y por eso quienes también pagan son los que no practicaron esa violencia, tanto sacerdotes como educadores, ya que siempre serán sospechados. La Iglesia debe tener la responsabilidad de que ningún delito se cometa en su interior y castigar a los autores. Pero no, la Iglesia sencillamente trasladó de lugar a los pedófilos y los ha encubierto durante años. Y recién ahora, cuando hemos comenzado a correr los velos, empiezan a aclarase esos delitos por el coraje de las víctimas y de los medios. Aunque se nos quiere presentar como perseguidores de la Iglesia, como representantes de una ‘energía criminal’, el problema de la Iglesia no son los medios sino la violencia sexual interna y su silencio sobre ello”. Y agregó: “Existe una Iglesia cuya autocompasión es mayor que su compasión por sus víctimas. Por eso le otorgamos el premio de la Ostra cerrada”.

Por último, el orador invitó a la Iglesia a hacer su propio “Glasnost y Perestroika”, cuyo primer paso debería ser el fin del celibato y permitir la ordenación de mujeres. La Iglesia necesita lo que sostienen los médicos: la “restitutio in integrum”, la cura integral. La Iglesia sólo será creída si investiga a fondo las causas de la violencia sexual y su encubrimiento durante siglos.

Los testimonios de quienes siendo niños fueron víctimas sexuales de los que usaron sus títulos de representantes de Dios para imponerse son verdaderamente indignantes. Ojalá que se aprenda y la Iglesia pase a ser aquello con que tanto soñaron esos verdaderos pastores del bien y la convivencia: los obispos Angelelli y De Nevares –para nombrar solamente a dos de tantos otros– que dieron todo para lograr una sociedad sin injusticias, una sociedad de mano abierta, como es la que en verdad tendrían que perseguir siempre las llamadas religiones.

miércoles, 14 de julio de 2010

Matrimonio entre gente rara

Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.

El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.

Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos. Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.

Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la Iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma no es más que una manera un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente sobre el que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: también estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.

Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.

Veo ese tipo de críticas y respondo: si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.

Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

Este apoyo al matrimonio entre católicos circula por Internet y gana adhesiones que se cuentan de a cientos.

sábado, 26 de junio de 2010

Gastar o no gastar? Ésa es la cuestión...

Austeridad
Por Alfredo Zaiat


Varias palabras identifican a los militantes de las políticas de ajuste sobre los grupos vulnerables de la sociedad, pero una los delata sin posibilidad de simulación en estos tiempos de crisis internacional: “austeridad”. Ante la sucesión de descalabros sociales en las últimas décadas, mencionar el término ajuste ha empezado a provocar cierta prevención, aunque no pocos economistas mantienen su actitud fundamentalista de no ocultarlo. Otros han preferido eludir con habilidad ese sello de identidad del fracaso buscando una vía de escape en el vocablo “austeridad”, que encierra todavía un significado positivo para la mayoría, aunque tiene el mismo contenido que el del ajuste. Ese concepto de austeridad aceptado socialmente se vincula con esa concepción familiar que dice que “el ahorro es la base de la fortuna, pero que para un Estado ese mandato implica restricciones puesto que su presupuesto e influencia en el funcionamiento de la economía no tiene nada que ver con la organización del dinero de un hogar. Esa confusión es alimentada en el espacio público local por esa particular alianza legislativa que unifica a conservadores con sectores de la centroizquierda, preocupados por la reasignación de partidas del gasto público, la magnitud de subsidios y el manejo global de recursos por parte del Estado. Son inquietudes interesantes en situaciones de normalidad de la economía internacional, pero que en la actual situación requieren precisión conceptual para no quedar absorbidos por los tradicionales mensajes de los abanderados del ajuste. Diferenciación compleja de lograr puesto que no se debe ignorar lo que ya se ha estudiado bastante respecto de la influencia en la sociedad del vínculo medios de comunicación y hegemonía cultural.

El debate sobre el gasto público, su origen y destino, no es uno más en estos momentos de descalabro económico global. La histórica defensa de la intervención estatal en la economía es tan importante como evitar ser compañero de ruta del cuestionamiento global a la administración de los recursos públicos. Este aspecto es muy relevante porque a nivel internacional se está librando una fuerte batalla sobre la cuestión fiscal, con epicentro en la desquiciada Eurozona y donde Estados Unidos juega de contrapeso alentando la continuidad de los planes de estímulos fiscales en defensa de sus propios intereses. Se sabe que las tendencias conservadoras luego se irradian hacia la periferia, como lo prueban las experiencias del reaganomics de los ochenta y el Consenso de Washington de los noventa. Usinas del pensamiento neoliberal domésticas ya han asumido en tarea silenciosa una fuerza de avanzada con el tema previsional, planteando la necesidad de elevar la edad jubilatoria con el argumento de la sustentabilidad del sistema de largo plazo, en espejo a las medidas dispuestas por países europeos en crisis.

En la actual fase del descalabro de las finanzas globales está predominando en Europa la idea de la austeridad como solución a los profundos desequilibrios económicos. Esa receta la levanta Alemania liderando ese sendero con un plan ejemplificador de recorte presupuestario por 80 mil millones de euros hasta el 2014. Esta política está basada en la concepción de que el abultado déficit fiscal es el causante de la debacle. Se oculta así que esos elevados saldos negativos de las cuentas públicas tienen su origen en bondadosos gobiernos que han aportado voluminosos paquetes de rescate al sistema financiero para evitar su quiebra en los últimos dos años. Con una elevada cuota de cinismo, los principales beneficiarios de esos millonarios auxilios fiscales son ahora los mayores críticos de lo que denominan políticas irresponsables y de despilfarro de gobiernos, exigiendo ahora el camino de la austeridad. Afirman sin ruborizarse que quieren la menor intervención pública en los asuntos económicos, obviamente a menos que los beneficie directamente. Aquí es donde se expresa con más nitidez la presencia de esa hegemonía cultural de la ortodoxia económica a través de los medios, exponiendo a economistas del establishment y a la clase política conservadora en arremetida sobre el gasto público, lo que exige a representantes del pensamiento crítico cierta habilidad para no quedar confundidos entre ellos. Marshall Auerback, analista económico norteamericano e investigador del Roosevelt Institute, lo explica del siguiente modo: “las elites que se escandalizan contra este gasto público vienen a ser como alguien que proporciona a otro cinco paquetes de cigarrillos al día para luego indignarse del hecho de que su beneficiario hubiera contraído irresponsablemente un cáncer de pulmón”.

Este es el principal tema de disputa en el G-20, que se reúne este fin de semana en Toronto, Canadá, y no el impuesto a las transacciones financieras que Alemania y otros países impulsan con escasa convicción. Los representantes políticos de las finanzas globales imponen el recorte de lo que califican el despilfarro del gasto público, lo que implica reducir aún más la demanda privada. También definen rebajas de los salarios. Esos líderes toman decisiones adoptando la línea conceptual del FMI, según la cual los multiplicadores fiscales son relativamente bajos. Esto implica que un fortísimo ajuste, como están anunciando en orden disciplinado los europeos, no agudizaría el ciclo recesivo. Están convencidos de que la economía reaccionará con estabilizadores automáticos a partir de una política de austeridad. Auerback explica que “hay pruebas empíricas abrumadoras de que esa hipótesis es falsa y de que la puesta en práctica de políticas fundadas en esa hipótesis causan daños –que afectan a generaciones enteras– en términos de caída en el volumen de producción, de ingresos, de empleos y de quiebras empresarias”.

El Premio Nobel de Economía Paul Krugman apunta con dureza contra esa política de austeridad, al considerarla un “terrible error”. Señala que esa estrategia auspiciada por Alemania “es una mala idea”. Entre otras medidas, la canciller Angela Merkel dispuso que se bajarán los sueldos de los funcionarios públicos, eliminarán miles de puestos de trabajo en el Estado, recortarán beneficios sociales a sectores desprotegidos y se congelarán obras públicas. Krugman explica que la “cultura de la estabilidad” presupuestaria alemana vale para tiempos normales, no para los actuales, cuando los países con superávit comercial deben contribuir al crecimiento con inversión pública y dinamizando el consumo interno, para actuar así como motor de impulso para el resto de las economías. La austeridad alemana impactará negativamente en los otros países europeos vulnerables, profundizando la recesión y debilitando aún más el euro.

Ese retroceso de la moneda común europea termina favoreciendo a las exportaciones europeas, en especial al complejo industrial alemán. Esta movida es lo que inquieta a Estados Unidos y por ese motivo Obama propuso en el G-20 mantener los estímulos fiscales para salir de la crisis, en línea opuesta a la política de austeridad. La estrategia de Merkel, combinada con una devaluación del euro y una reducción del consumo interno, culminará exportando los efectos de la austeridad alemana al resto del mundo, afectando la economía de Estados Unidos, pero también instalando el riesgo de estar empujando otra vuelta de la crisis global.

viernes, 18 de junio de 2010

Cuéntame una historia original...

Contame una historia
Por Juan Sasturain


Enviado especial a su casa

Por suerte, un partido de fútbol, aunque se resuelva con un resultado, no es sólo una cuenta ni una operación reductible a términos cuantitativos: sumas, restas, proporciones. Los números: goles, corners, offsides, expulsados, oportunidades de gol, porcentajes de posesión de pelota, metros recorridos por los jugadores y todos los datos más o menos imbéciles o pertinentes que puedan cargarse a una compu para que los digiera y opine –porque las compus opinan, qué otra cosa pueden hacer–; los números, digo, son carne de estadística, una seudociencia que nos informa (parcialmente) sobre cuánto –pero no cómo– ya sucedió, y que –para algunos necios y/o soberbios– suele servir para profetizar sobre lo que no podríamos ni nos interesa saber si ocurrirá.

Porque lo que hace a la belleza, el interés (fervores, angustias, alegrías) que despierta el fútbol –y es lo que diferencia su popularidad de la de los juegos de azar–, es que un partido (también un campeonato) es un relato, un cuento, una historia que, como tal, no tiene un resultado sino un desenlace, que es otra cosa en términos épico-dramáticos. Lo que resulta de un partido, lo que lo constituye como hecho único, irrepetible, no es sólo cómo terminó (el resultado), sino cómo fue, qué pasó para que resultara así... Los partidos, como las historias –novelas, cuentos, películas– pueden ser comedias, dramas, farsas, folletines, relatos de terror o de suspenso, incluso auténticas tragedias. Además –y ahí está el encanto, en el riesgo–, uno no sabe con qué se va a encontrar. Los relatos, también, suelen cambiar de tono en su desarrollo: lo que empieza como comedia liviana, termina en drama o se insinúa relato de suspenso, para terminar con final feliz o atroz, insoportable. Es así.

Los relatos, además, tienen capítulos, secuencias, nudos (momentos clave), zonas de interés, de monotonía o de suspenso y, sobre todo, personajes: secundarios y principales, héroes y villanos, voces cantantes y calladas. Y una más: una novela, un cuento, una película, pueden ser contados desde distintos puntos de vista y coyunturas. Nada de eso aparece en el resultado ni en la estadística. Lo más parecido al partido como relato es lo que suele llamarse el trámite: cómo vino la mano, qué pasó en la cancha y qué pudo haber pasado si... Ese espacio tan rico de posibilidades latentes que por un pelo (es decir, un palo, un expulsado, un error, una genialidad) no se actualizaron. Como en las novelas, el interés de una historia está hecho también de las posibilidades de lo que finalmente no fue, pero que en el momento del relato pudo haber sido.

Ayer, por ejemplo, Argentina jugó saludablemente muy bien, como nos gusta verla, como esperamos que lo siga haciendo; ganó con justicia y holgura, los números son elocuentes en todas sus columnas: goles, situaciones, posesión, lo que quieras. Sin embargo, sólo el relato, el trámite del partido, puede dar cuenta de lo que sucedió –en la cancha y en nuestros frágiles corazones– durante una quincena larga de minutos, los primeros del segundo tiempo, la continuidad virtual del descuido del pobre Demichelis.

Más claro: los coreanos llegaron por mérito propio –sin contar el regalo– una sola vez. Sin embargo, si el muchacho que llegó vacío por derecha a espaldas del fugado Heinze nos embocaba y se ponían 2 a 2 sin haber hecho un carajo, ¿quién puede decir cómo hubiera seguido aquello? Ahí el partido pudo dar un viraje imprevisible de los que el fútbol nos suele deparar.

Y es aquella jugada cuando estaban uno abajo, más la desgracia del defensor que hizo un tanto en contra y el posible offside de Higuaín en el segundo gol lo que subrayarán (el cuento que se contarán) los cronistas coreanos al hacerse la historia del partido. Y me gustaría estar dentro de la cabeza de esos desgraciados protagonistas, o de los hinchas que asistieron de rojo al estadio, para que me cuenten su (otra) historia.

Cada vez me siento más tentado de encarar el comentario de los partidos como si fueran historias, hechos artísticos, creaciones colectivas únicas. Creo que sería una manera de hacerles justicia en medio de tanto análisis mercantil de resultados o de seudocientificista de cuarta.